domingo, 12 de abril de 2026

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS (61): MILAGRO

—Bueno, papá —dijo— lo que Rodrigo quiere decirte es que estuvimos jugando a marcianos, y yo era uno que encontraba la cura a la enfermedad de Lucas.

Su padre sonrió al pasar a su lado.

—Ojalá, Pablo. Ojalá —le oyó decir Pablo.

La fuerza sobrehumana con la que Rodrigo tiraba hizo que su padre pasara de largo, en dirección a la ventana del salón, desde donde se veía el viejo roble.

—¿Vez papá?, ¿vez? Alí ta Lucaz.

—¿Dónde hijo?

La tarde llegaba a su fin y las sombras se alargaban. El sol, cada vez más bajo, a duras penas lograba iluminar el lugar que Rodrigo señalaba con el dedo.

—Alí papá, alí —Rodrigo se desesperaba.

Cuando Pablo y su madre, que llevaba a Pelayo en brazos, les alcanzaron, todos dirigieron la mirada a donde Rodrigo señalaba con insistencia. Todos, hasta el chiquitín, miraron por amplio ventanal intentando distinguir algo entre las crecientes sombras.

Y fue entonces cuando sucedió el milagro.

De entre la espesura, de entre la oscuridad que como boca de lobo se tragaba poco a poco cada rincón de la finca, surgió de repente una bala de color canela. Sus orejas subían y bajaban como banderas al ritmo de su trote. Un galope al compás de cuatro por cuatro.

No cabía duda alguna. Aquella bola de pelo sólo podía ser Lucas.

La familia entera no daba crédito a lo que estaba viendo, pero todos tardaron muy poco tiempo en reaccionar. Salieron al jardín, atropellándose unos a otros en desordenada estampida, para saludar a su viejo amigo que, en apariencia, se encontraba como en sus mejores tiempos. Como si hubiese renacido de sus cenizas.

A la luz de los faroles del jardín, Lucas, muy nervioso, apenas se dejaba acariciar por la excitación del momento. Mientras ladraba y ladraba de alegría, Pelayo, con sus primeros pasos, intentaba coger sus peludas orejas. Pero Lucas le empujaba y el chiquitín caía de culo sobre el césped, para mayor regocijo suyo y de todos los presentes.

En ese momento Macarena llegó para unirse a la fiesta. Llevaba una gran cacerola en sus manos.

—¡Vale! Me alegro de que todo el mundo esté tan contento, pero ¿puedo saber quién ha echado toda esta hierba en el pollo adobado? —preguntó a los presentes, mientras mostraba el interior de una olla en la que, entre hierbas y más hierbas, asomaba tímidamente algún trozo de pollo.

Silencio.

Las miradas de todo el mundo se detuvieron sobre Rodrigo, que siempre tenía más papeletas que los demás cuando se trataba de determinar la autoría de sucesos como aquel.

—Puez. Fui yo Malaquenita —respondió Rodrigo, con sus manos a la espalda y avanzando un paso hacia el cuerpo del delito.

Rodrigo todavía no entendía qué había hecho mal, pero por el tono de voz de Macarena sabía que algo no estaba del todo bien. Así que su afinado instinto de la supervivencia le aconsejó que lo mejor sería adoptar una actitud sumisa, tono de voz lastimero, y lo más importante de todo, llamar a Macarena por su apodo cariñoso. Algo que, dado el afecto que sentía Macarena por los niños, habitualmente la desarmaba.

—¿Y puedo saber por qué hiciste eso, hijo? —le preguntó su madre.

—Ez que... velaz mamá. Malaquenita dico que no tenía acoz.

—¿Acoz? —su padre no entendía la respuesta.

—Zí, acoz. Cebola y acoz —insistió Rodrigo.

—¡Ah!, ajos...

¿Ajos?, ahí va, pensó Pablo. Los ajos. Se había olvidado por completo de los ajos. Hasta ese momento se había sentido por completo libre de culpa, pero cuando su madre había traducido la palabra «acoz», cayó en la cuenta de que también él podría ser incriminado en aquel suceso delictivo si la investigación se llevaba a cabo en profundidad. ¡Qué poco duraba la alegría en casa del pobre! Por mucho que «Malaquenita» les quisiera, este parecía ser uno de esos casos que acababa con unos buenos «problemas técnicos» para todos.

—Zí. Y yo puze un poquinín...

—Pero eso que echaste sobre el pollo... eso son hierb...—a la vez que lo pronunciaba, su madre, que era la que mejor entendía a su hijo mediano, se echó a reír.

Y no fue capaz de parar.

—Pues yo sí que no entiendo nada —dijo Pablo, mientras miraba atónito a su madre, que con el rostro claramente congestionado, hacía soberanos esfuerzos para intentar detener su risa y dar una explicación.

—Hierba... ajos, ¿no lo entendéis? —les comentó.

Todos miraron en ese momento a Rodrigo, que intentaba justificarse.

—Mamá me dico un día lo que ela la hielba aco.

—¡Ah! ¡Ahora lo entiendo! —exclamó su padre—. Hierba ajo, hierbajo.

Hasta «Malaquenita» rompió a reír con estrépito cuando comprendió que Rodrigo sólo había querido ayudar. Fue entonces, en medio de las convulsiones provocadas por la risa, cuando el pollo se le cayó de la olla. Ocasión que pintaron calva para un renacido Lucas, que desapareció raudo con un par suculentas zancas en sus fauces.

Y todos rieron aún más, mientras Rodrigo aún se preguntaba qué había hecho mal.

—Nada, nada, cariño. Luego te lo explico —le dijo su madre a la vez que le acariciaba el pelo y volvía a reír con más ganas.

Bueno, esta vez se habían librado por los pelos de los «problemas técnicos», pensó Pablo, y le echó un vistazo de reojo a la casa abandonada. Justo en el momento en el que un intenso destello rojo brilló desde una de las ventanas. Pablo formó la palabra «gracias» con sus labios, sin emitir sonido alguno. Estaba seguro de que Uno, a pesar de la distancia, podría entenderle.

Esa tarde no hubo niños más felices que ellos. Ni en la Tierra, ni fuera de ella. Por la noche los tres hermanos se bañaron juntos por primera vez. En esta ocasión no escatimaron ni en chapoteos, ni en pompas de jabón, que flotaron con libertad incluso más allá del baño.

La mamá de Pablo tenía muchos motivos para estar contenta esa noche. Por una parte le habían dado la feliz noticia de que estaba en camino otro pequeñín para la familia, Lucas se había curado de su dolencia de forma milagrosa, y por si todo eso fuese poco, acababa de recibir la llamada de sus compañeros del laboratorio en la que le confirmaban que, fuese cual fuese el mal que aquejaba al Sol, había desaparecido como por arte de magia.

Y eso sí que era un verdadero motivo de celebración. Macarena pondría al día siguiente el grito en el cielo al ver el resultado de la batalla de agua y jabón. Pero sería lo mismo que decir que todo había vuelto de nuevo a la normalidad.

O casi.

Porque, una vez que los niños se despidieron de sus padres con las correspondientes buenas noches y besos de rigor, después de que los dos hermanos repasasen en la oscuridad de su habitación los aspectos más relevantes del día que acababa de terminar, y una vez que el dormilón de Rodrigo había comenzado a roncar como un bendito, Pablo sintió la imperiosa necesidad de levantar la persiana de su cuarto, algo que hizo de forma muy sigilosa.

Lo que vio le puso otra vez los pelos de punta.

Una luna casi llena se escondía entre nubes que pasaban raudas ante ella, pero a ratos, entre nube y nube, su mágica luz plateada iluminaba con claridad suficiente los alrededores. Pablo dirigió sus cansados ojos hacia la casa abandonada, y tuvo que frotárselos un par de veces para convencerse de que no estaba viendo visiones. Alguien, que no podía ser más que Uno, caminaba con despreocupación por la fachada de la casa para alcanzar el tejado, en donde se dedicó, mientras Pablo le observaba, a arrancar malas hierbas y a reparar y colocar tejas.

En un momento determinado, la figura detuvo su tarea, y como si se hubiese dado cuenta de que era observado, se dio la vuelta.

Pablo pudo ver con claridad cómo Uno le saludaba con la mano.

¿Qué se hacía en ese caso, con un robot tan testarudo como aquel?, pues exactamente lo que hizo Pablo, saludar.

Ya no podía más, estaba tan cansado... había terminado el día como cada uno de los días de sus anteriores diez veranos, sin fuerzas. Pablo se acostó en su cama. Uno aún tenía muchas cosas que aprender. Cosas que ellos tendrían que enseñarle. Quedaba el tema de la Zona Oscura y lo de aquel ser que había amenazado con visitarle. Pero esas preguntas, y sus correspondientes respuestas, bien podrían esperar al día siguiente.

Y entonces Pablo se durmió.

sábado, 14 de febrero de 2026

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS (60): ¿DÓNDE ESTÁ LUCAS?

Pablo, Rodrigo y Flik se miraron entre sí.


—¿Estás bien Flik?


—Cro... digo sí.


Los tres se rieron como niños. De forma abierta y sincera.


—Chicos, no me gustaría que acabase el día de hoy sin deciros una cosa más —les anunció Flik con tono misterioso.


—Flik, ¡que no me caben ya más sorpresas en el cuerpo...!—le respondió Pablo.


—Se trata de algo que me quedó pendiente de contaros cuando os hablé de mi visita a la Zona Oscura. Veréis, el Tejedor también me contó que no pasaría mucho tiempo sin que tú, Pablo, tuvieses que comparecer ante él.


Los dos chicos se quedaron boquiabiertos.


—¿Quién ez el ozculo Tekelol? —logró articular Rodrigo.


—Ya te lo cuento todo luego —le respondió Pablo.


—Demonioz, ya estáiz como loz mayolez. No me entelo de nada.


—¡Calla un poco, por favor, Rodrigo! Pero... pero... Flik te aseguro que no entiendo nada... me estás asustando.


—Como te decía antes, nosotros tampoco sabemos que es lo que está pasando. Lo único que te puedo asegurar es que permaneceremos atentos a cada movimiento que se produzca a vuestro alrededor. Siempre estaremos a vuestro lado para ayudaros en la lucha contra lo que quiera que se atreva a enfrentarse a los mundos libres que habitamos. Pero por ahora creo que lo mejor será no preocuparse más por estas cosas e intentar descansar un poco. Os lo habéis ganado. Mañana seguiremos hablando de todo esto. Ahora volved a vuestra casa. Vuestros padres pueden empezar a preocuparse.


—Flik, en cuanto a Lucas...


—Dejad que Uno haga su trabajo. No le molestéis. Si hay alguien que puede hacer algo por vuestro amigo, ese es Uno.


—Está bien, pero no sé qué le vamos a decir a papá y a mamá cuando nos pregunten por él.


—Tomadlo como una nueva misión. Estoy convencido de que se os ocurrirá algo. Ahora he de irme, es la hora. También me espera una familia allí de donde vengo.


Los niños dejaron a Flik frente al portal, al pie del rugoso roble, y se quedaron esperando hasta que las cortinas del espacio tiempo se detuvieron. Rodrigo golpeó con sus nudillos la superficie del árbol allí donde Flik había desaparecido.


—Ez pala zabel zi ze había dekado la puelta abielta.


Este es mi hermano, pensó Pablo, y le dio un abrazo por sorpresa. Uno de esos de tipo asfixiante.


—¡Rodrigo!, ¡Pablo! ¡A bañarse! —Macarena les llamó desde la ventana.


Los niños se escondieron instintivamente, para intentar prolongar lo inevitable y conseguir más tiempo con el que urdir un plan creíble. Pero fue en vano.


—¡Vamos, que os he visto detrás del roble! No tardéis, que tenemos que darle la cena al chiquitín —les desarmó desde la distancia Macarena.


—Bueno Rodrigo, ya no tenemos escape, nos han visto. Piensa algo mientras llegamos a casa.


—Podíamoz decil que eztá en el cielo —Rodrigo tenía ganas de ayudar aportando soluciones.


—No va a colar.


—En el cielo de los peloz.


—Perros. Se dice perros. A ver repite conmigo. Peeeeerrooooos.


—Peeeee loooooz.


—Anda déjalo. Ven aquí y deja que te de un beso.


Los niños llegaron remoloneando a la casa, cabizbajos, con el propósito de aprovechar el momento en el que no hubiese moros en la costa, abrir la puerta de la cocina y subir como exhalaciones al baño. Pero éste no era su día de suerte, porque al acceder a la cocina, se dieron de bruces con quien menos contaban, con su padre. El que nunca estaba.


—¡Hola, papá!, ¡qué sorpresa! —dijeron los dos sospechosamente al unísono.


—Hola, chicos —respondió su padre al saludo.


—¡Ah!, estáis aquí —dijo su madre, que entraba también en ese momento en la estancia con Pelayo en sus brazos—. ¡Qué obedientes sois! Subid a la bañera que ahora os lleva papá las toallas.


—Vale, bien.


—Un segundo, un segundo. Alto todos —les detuvo en seco su padre—. Estoy intentando localizar a Lucas, pero no está en su camita. ¿Le habéis visto vosotros?


—A lo mejor se puso bueno —Pablo miró a los ojos de su padre.


—Eso está descartado, cielo —le respondió su padre con cariño y agachándose hasta su altura, porque sabía lo mal que lo estaban pasando los chicos—. Lamentablemente la enfermedad que tiene Lucas es muy mala e incurable...


Rodrigo, que no sabía mantener la boca cerrada, y además era incapaz de mentir, explotó.


—Veláz papá, mamá. Una lanita que no ez de quí, noz lo levó leeeecoz, leeecoz, muy lecoz, pala vel zi alegaba Lucaz —cogió aire ante la mirad atónita de su hermano—. Entoncez un lobót beno, muy beno, que ez Nuno, ve zi alega Lucaz, y luego tae y vuelve con Loligo cuando Lucaz ta beno ota vez.


Silencio general. Pablo cambiaba la vista de su padre a su madre.


—Y ese robot bueno, Rodrigo, ¿por dónde dices que se llevó a Lucas? —continuó su padre.


—Pol aquí papá. Mila, mila. Ven, ven.


Rodrigo tironeaba de la manga de la camisa de su padre mientras éste le preguntaba a su mujer qué hacer con la mirada. La verdad era que los niños no venían al mundo con instrucciones, y era muy difícil saber qué hacer en momentos como aquel. En la fantasía creada por la pequeña cabeza de Rodrigo, a Lucas se lo había llevado un robot bueno para arreglarlo. Cuando llegasen al lugar al que Rodrigo se refería, y se encontrasen con que no estaban ni el robot, ni Lucas, ¿cómo podría ayudar a superar la decepción de su hijo? Pero Rodrigo era terco como una mula y seguía tirando con insistencia de la manga de la camisa, amenazando con romperla. Su padre decidió seguirle y se incorporó para dejarse guiar por su hijo.


Pablo recordó las palabras de Flik en las que pedía que no le descubriesen, y sobre todo aquellas últimas en las que insistía en que dejasen a Uno trabajar solo.

sábado, 10 de enero de 2026

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS (59): LA CALMA QUE SIGUE A LA TORMENTA

En ese momento apareció Carlos, que había escuchado las voces de los chicos. Inmediatamente se puso del lado de sus amigos.


—¡Vaya! —dijo satisfecho el más listo de los gemelos, al apreciar el guiño de la fortuna que les permitiría cascarles a todos a la vez—. Ya estamos todos. La familia feliz. ¿Por dónde íbamos?


De repente a Sara se le ocurrió una brillante idea que quizás funcionase con aquella iluminación tan mermada de la planta baja. Si su plan salía bien, cambiaría para siempre lo que Pablo pensaba de ella y la redimiría de su metedura de pata anterior, cuando despeñó a la rana.


—Oye, Pablo, ¿esa no es la rana que te trajo tu tío de Brasil?


Los gemelos dirigieron su atención a la niña, que continuó hablando para evitar que sus amigos la descubriesen por error.


—¡Sí, caramba! ¿No es esa que cuando se pone nerviosa, y antes de atacar, cambia de color?...


Pablo y Rodrigo se interrogaron con la mirada preguntándose si la chica no habría perdido el juicio con la tensión del momento. Carlos, que acababa de llegar, no acababa de enterarse de qué iba la fiesta. Pero a Flik no le hicieron falta más explicaciones. Los dos gemelos fijaron su vista en la rana amarilla que sujetaban, a la vez que escuchaban con atención a la niña.


—... ¿Y primero aparecen en su cuerpo unos ligeros matices rojizos?...


Los gemelos asomaron la rana a la exigua luz y se obró el milagro. Sara, que había sido muy comedida con los colores y sólo pretendía sembrar confusión con ayuda de la escasa iluminación, comprobó atónita cómo Flik se había vuelto completamente roja. Nadie más que Pablo y Rodrigo sabían que Flik era capaz de hacer eso y mucho más. Sara se envalentonó y decidió arriesgarse un poco más.


—... ¿Luego verde? ...


Flik cambió a verde.


—... ¿Y luego azul?...


Flik cambió a azul con la velocidad de un semáforo. Los gemelos no daban crédito a lo que estaba pasando. A duras penas conseguían sostener aquella rana, con mucho asco y un principio de pánico, entre sus manos. Querían correr, pero estaban paralizados por el miedo. Sara decidió dar un paso más.


—... ¿Y por fin, y antes de escupir su veneno mortal, le aparecen unos bultos negros y verrugosos en su espalda?


Los bultos negros fueron demasiado para aquel par de bestias, que salieron corriendo de la casa abandonada como si hubiesen visto a un fantasma. Gritaban pidiendo ayuda porque les picaba todo el cuerpo.


—Gracias Sara —dijo con sinceridad Pablo, y le dio un espontáneo beso en la mejilla, antes de recoger a Flik del suelo, que volvía a ser amarilla.


Sara, que se había tomado aquello como algo más que un simple beso, por primera vez se sintió verdaderamente integrada en el grupo. Todo había salido a la perfección, de un único golpe habían recuperado a Flik y también habían desactivado la amenaza de los gemelos.


—No ha sido nada. La verdad es que todos somos un poco sugestionables. Hasta a mí me pareció ver cómo tu rana cambiaba de color a medida que yo lo mencionaba.


—Sí, la verdad es que a mí también me dio esa impresión—intervino Carlos.


—¿No será peligrosa verdad? —insistió Sara.


—En absoluto —contestó Pablo a sus amigos entre risas.


Pablo ya no quería más sorpresas por aquella tarde y se llevó a toda la tropa de la casa abandonada. Carlos sabía que Pablo no tenía tíos en Brasil y no se separó de él mientras caminaba.


—¿Y dónde dices que encontraste a esa rana tan guay?


—Pues... hoy por la mañana, en la charca —respondió Pablo al referirse al estanque de peces dorados que tenían en la parte de atrás de su casa —. La verdad es que no sé de donde salió.


—Luego no es realmente tuya. Puede ser de cualquier niño que la haya perdido.


—Bueno... lo único cierto es que tampoco es tuya —ni de nadie, pensó Pablo. Aunque se dio cuenta de que para Flik todavía era conveniente que siguiese defendiéndola como de su propiedad—, y fuimos nosotros los que la encontramos, ¿verdad Rodrigo?


—Zí, ez cielto.


Flik permanecía atento a la conversación en la que se debatía su futuro.


—Oye, Pablo. Sabes que me debes más de una, no creo que necesite recordártelo. Te cambio la rana por la espada araña —no era una pregunta. Cuando Carlos hablaba así, no admitía un «no» por respuesta.


—No.


—La espada araña y la colección de cromos de la Liga, con todos los repes —Carlos observó la cara poco convencida de Pablo, y antes de terminar de hablar subió la oferta— y la de «Power Z» también.


—¿La de «Power Z» también? —Pablo detuvo su caminar.


La voz de Pablo tembló ligeramente. Eso era signo evidente de que la solidez de su determinación inicial estaba empezando a

resquebrajarse. 


Oh, oh, pensó Flik al darse cuenta de en qué poco estaba valorada.


—Flik tambén ez mío —dijo Rodrigo, cuando fue consciente de la momentánea flaqueza de espíritu de su hermano— y no lo cambio.


Aquel fue el apoyo que Pablo precisaba para reafirmarse en su decisión inicial.


—No insistas, Carlos, que no está en venta.


—¡Croaaaaá! —croó Flik dando las gracias y respirando al fin aliviada.


Carlos, que no era precisamente de los que se daban por vencido con facilidad, todavía iba a decir algo más, pero en ese momento sonó la voz de la madre de Sara llamándola desde su casa.


—¡Saaaaaara!, ¡a cenar!


En el barrio era costumbre habitual que se llamase a los niños sin conocer su ubicación concreta, porque éstos nunca se iban más allá del alcance del grito de una madre.


—¡Voy, mamá! —respondió la niña, y se giró hacia Pablo.


La niña esperaba una señal.


—Nos vemos mañana, Sara. Tengo muchas cosas que contarte.


—Muy bien, mañana os veo, muchachos —les dijo Sara, y desapareció muy contenta en dirección a su casa.


—¡Caramba! —dijo Carlos sorprendido— ¡si ya son las siete! Es la hora de la clase particular. Si no llego a tiempo esta vez mi madre me mata.


Carlos desapareció aún más rápido que Sara, saltando la valla que separaba las dos casas. Pablo sabía que Carlos no era lo que se podría decir precisamente un chico demasiado aplicado en los estudios, y que siempre dejaba alguna asignatura para septiembre. Su madre contrataba todos los años a un ejército de expertos en recuperación de causas perdidas, para que su hijo no perdiese la saludable costumbre de estudiar durante el verano.