domingo, 25 de junio de 2017

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS: EL DESAYUNO

–¿Y a dónde se creen que van ustedes dos caballeretes?

Rodrigo, incapaz de creer en su mala suerte, intentaba engullir una bola de crema de cacao demasiado grande que se pegaba con tozudez a las paredes de su boca. Sus labios habían desaparecido bajo una masa informe de color marrón.
¡Ah!, pensó Pablo, el enemigo era sibilino y tenía mil formas. Esta vez habían cometido el error de descuidar su retaguardia, y había sido Macarena, que era como su segunda mamá, la que les había pillado con las manos en la masa.
Vergüenza y deshonor.
Como justo castigo a su torpeza, habría zumo de naranja exprimida, kiwi, tostadas con mermelada y cantidad de cereales con leche.
Rodrigo, que era un cotilla, conocía toda la vida de “Malaquena”, que así era como el pequeño la llamaba en su idioma. Sabía de ella que había venido de niña de un país que se llamaba “Cóloba”, que estaba más abajo de “Ezpana”, y en el que se hablaba el “andalú”. “Malaquena” horneaba los bizcochos más sabrosos del mundo, un proceso que se anunciaba con antelación suficiente porque, desde el momento en el que los amasaba, su dulce olor inundaba las dos plantas de la casa. Rodrigo también sabía de ella que no tenía hijitos, y que les quería a los dos como si lo fuesen. Por eso se enfadaba muy poco con ellos, y casi siempre con razón. Por fortuna esos momentos no duraban mucho en el tiempo. Sobre todo si estaba Rodrigo en el ajo, que era un poco pegajoso y muy, muy, muy besucón.
Tras la humillante captura, aquella mujer, que en casa siempre vestía una bata de margaritas rojas y azules, les obligó a ambos a sentarse como personas educadas a la mesa de la cocina y dispuso sobre ella los alimentos más sanos del mundo, servidos de tal forma que hasta parecían apetitosos. Una vez que los chicos habían hecho desaparecer el zumo y los kiwis, y cuando se disponían a atacar los cereales de chocolate y el bizcocho con trocitos de fruta escarchada, un nuevo sobresalto les dejó otra vez sobrecogidos. Tal fue el susto, que hasta Macarena brincó ligeramente debido a la sorpresa.
–¡Eureka! ¡Por fin lo encontré!
Aquel grito provenía del desván, y la voz pertenecía sin lugar a dudas al padre de los chicos.
Los niños dejaron los pedazos de bizcocho sobre la mesa y se taparon los oídos con las manos. Macarena aparcó la silenciosa tarea de preparar el desayuno, y se llevó el dedo índice de cada mano hasta los orificios de sus orejas para no escuchar lo que con toda seguridad vendría a continuación. Un instante después de que su padre acabase la frase, un enorme ruido, que Pablo se imaginó que sería como si un elefante se hubiese tirado un estruendoso e inacabable pedo, hizo temblar los cristales de la casa. Hasta llegó a mover de su sitio los cubiertos en la mesa.
–Demonioz, ¡ezte zí que fue beno! –gritó alborotado Rodrigo.
En la cocina nadie pareció asustarse. Los niños, enormemente divertidos, intentaban imitar el trueno a menor escala.
Era muy habitual que las frases que su padre comenzaba por un “eureka” acabasen más o menos del mismo modo. Lo único diferente era el tipo de ruido que sus experimentos eran capaces de producir, cuyo abanico abarcaba desde violentas estampidas, a inocentes y sibilinos escapes de gas.
La casa tenía que estar construida de forma muy sólida si se tenía en cuenta todas los “eurekas” que Pablo había escuchado desde que tenía uso de razón. Macarena, que había conseguido mantenerles hasta entonces más o menos en silencio para evitar desvelar a su madre y al otro miembro de la familia, estaba segura de que aquel grito que provenía del desván y el estruendo posterior no podían haber pasado desapercibidos para nadie de la casa, durmiese o no.
Como respuesta a sus suposiciones, todos oyeron con claridad como la puerta de la habitación de sus padres se abría y se cerraba con suavidad. Un segundo después su madre aparecía atándose la bata por la puerta de la cocina.
La mamá de los chicos era la viva encarnación de la idea que cualquiera pudiese tener de una madre. Un rostro dulce de formas y gestos siempre amables.
–¿Vosotros también lo habéis oído? –preguntó a la concurrencia con voz somnolienta.
–¿El pedísimo? – le preguntó Pablo.
–Sí –su madre no pudo evitar sonreír–, el pedísimo.
–No fuimoz nozotlos, mami. Yo cleo que fue papá –comentó Rodrigo, acostumbrado a jugar siempre a la defensiva, mientras los cereales salían despedidos en pequeños trozos de su boca a la vez que hablaba.
–Claro cielo, ya me parecía a mí que no podíais haber sido vosotros –sonrió con cariño mientras le pasaba la mano por el pelo revuelto.
–Aunque solo sea por la salud de sus traseros –apostilló Macarena.
–¿Zabez lo que dice Cal-loz de loz pedoz, mami?
–Pues no. La verdad es que no sé lo que dice Carlos de los pedos –su madre se puso en lo peor teniendo en cuenta que la teoría provenía de Carlos.
–Rodrigo... –amonestó Pablo, que sabía que cualquier cosa que se dijese de Carlos tan sólo podía agrandar su leyenda negra y empeorar la imagen que su madre tenía de él.
–Deja que hable tu hermano, Pablo. Que también tiene derecho a hacerlo –le reprendió su madre con suavidad.
–Poz –Rodrigo tragó un buchito de leche con cereales–, dice que nuestoz pedoz ze caen hazta la China polque eztá debaco.
Hasta a Macarena se le escapó una pequeña risita cuando su cerebro acostumbrado a la lengua de trapo del niño tradujo lo que este quería decir. Rodrigo rió contagiado por su madre y por Macarena, mientras Pablo acababa su desayuno con gesto serio. Quizás porque ya conocía el chiste, o quizás porque no estaba del todo seguro de que fuese un chiste, ya que la cosa tenía su lógica.
–Y entonces, ¿qué pasa con los de los chinos? –preguntó Macarena en cuanto logró descongestionarse un poco.
–¡Poz que ze caen al ezpacio, demonioz!
Con la algarabía de las risas y las toses, nadie reparó en unos pasos amortiguados que bajaban la escalera de caracol del desván y se aproximaban lentamente a la cocina. En cualquier casa normal, aquella estampida y esos posteriores pasos furtivos hubiesen sido suficientes para poner a alguien nervioso. Pero nada de eso sucedía en la casa de Pablo, en la que muy pocas cosas eran lo que podía decirse normales. Hasta Gordo, que esperaba con paciencia su turno, pegado como un sello al rincón del armario en donde sabía que se guardaban sus bolitas de comida, se mostraba indiferente a todo lo que estaba pasando. Su única preocupación consistía en intentar llamar la atención de cualquiera que pasase lo suficientemente cerca como para recordarle que los gatos también desayunaban.
–Entonces, ¿qué ha sucedido hoy cariño? ¿O es que en el experimento estaba prevista también la explosión? –preguntó la mamá de Pablo, un segundo antes de que la figura desgarbada y un poco chamuscada de su marido hiciese acto de presencia en la cocina.
El papá de los chicos llevaba en su cabeza una especie de redecilla, a la que iba sujeto un manojo de finos cables que colgaban a su espalda a modo de rala melena de león. Sujetaba en una mano un papel densamente manuscrito que leía a la vez que caminaba. En su otra mano portaba una carpetilla de la que sobresalían las esquinas descolocadas de más folios.
¿Era la imaginación de Pablo o la cabeza de su padre estaba envuelta en una casi imperceptible nubecilla de humo negro?
El chico también se dio cuenta de que su papá llevaba puesto un albornoz rosa lamentablemente pequeño. Lógico si se tenía en cuenta que aquella prenda era de su mamá y que su padre le sacaba dos cabezas de altura.
De la faldilla de aquella bata emergían dos largas piernas, blancas y delgadas como palillos chinos, a juego con su enjuto cuerpo en forma de ese y su cara de científico despistado.
–Buenos días, familia. ¿Qué? ¿Oh? No, todo bien, todo bien, excelente –respondió a la pregunta mientras se sentaba a la mesa.
Macarena le miraba con los ojos como platos. A pesar de los muchos años que llevaba trabajando en la casa, todavía era capaz de asombrarse por la normalidad con la que la familia se tomaba asuntos como aquel. La mujer se agachó y apagó con dos dedos, previamente humedecidos en su lengua, una llamita que se resistía a extinguirse en uno de aquellos delgados cables.
–Por más tiempo que pase no se acostumbra una, no señor. Seguro que arriba estará todo negro como la boca de una mina. Debe de haber cientos de casas decentes en las que poder trabajar sin jugarse la vida, y en las que de verdad se valore mi trabajo –dicho lo cual con tono de reproche, salió disparada para comprobar como se había quedado el desván.
Pero en la casa todos conocían el genio de Macarena, que era como la gaseosa. A los cinco minutos habría perdido toda la fuerza.
En realidad era muy divertido comprobar lo previsible que era todo el mundo. Macarena siempre repetía la misma letanía ante cualquier cosa que la sacaba de sus casillas, pero jamás haría nada por buscar otra casa en la que trabajar. Adoraba a la familia y ya eran demasiados años los que llevaba con ellos, soportando sus excentricidades.
–¿Papá? Oye papi, ¿qué fue ese ruido? –preguntó Pablo, con un interés encaminado a comprobar si era posible repetir el experimento, a poder ser con él en primera fila.
–¿Ruido?, ¿qué ruido? Yo no oigo nada –un poco alarmado, su padre dejó los papeles sobre la mesa y bajó un par de dedos las gafas de lectura para mirar por encima de ellas a su hijo.
Escuchó con atención. Sólo se oía el siseo de la cafetera y la risita mal disimulada de su esposa.
–Pablo se refiere al de antes, cariño. A lo que pasó antes de que bajases.
–¡Ah!. Ese ruido. Bueno, esta vez estaba convencido de que sí saldría bien, ¿sabéis mozalbetes? –arrimó su cara a la de sus dos hijos para poner más énfasis en sus palabras–. Es muy extraño. Ayer el problema no tenía solución, pero durante la noche todo se arregló. Sí. Exactamente como lo oyes cielo, soñé con la solución. Antes de dormir... nada, pero por la mañana, al despertarme... ¡EUREKA! –lo pronunció agitando su mano derecha como lo haría un prestidigitador–. Por eso no pude casi ni esperar a levantarme para ponerlo en práctica. Se trataba de una solución sencilla –mano arriba y gesto trágico mirando al cielo–, pero a la par práctica y elegante –risitas de los niños–. Y lo mejor de todo es que siempre había estado delante de mis narices, pero nunca había reparado en ella. Debe de ser cierto que uno, durante el sueño, repasa todo su trabajo del día y sigue dándole vueltas. Pero aún hay algo que no acaba de encajar...
Pablo pensó que había cosas mucho más interesantes para soñar con ellas, pero no estaría mal poder tener un sueño como los de su padre en el que alguien le explicase cómo hacer un estruendo como el de antes.
El padre de Pablo trabajaba como científico y tenía su laboratorio en el desván de la casa. Eso estaba muy bien, porque así no tenía que esperar a que volviese del trabajo. Pero la verdad era que casi todo el tiempo se lo pasaba metido en el laboratorio y no dejaba que nadie, salvo su esposa, que era científica como él, entrase mientras la luz roja de la puerta permaneciese encendida. Un dispositivo que habían ideado por motivos de seguridad, después de aquella ocasión en la que Pablo había subido al desván y el desastre posterior. Fueron muchos baños los que Pablo necesitó para que desapareciese el color azul del líquido con el que se había impregnado, tras romper un matraz al tropezar con un cable que había tendido por el suelo.
–¿Y qué era lo que estabas haciendo, papi? –preguntó Pablo con sumo interés para ver si la respuesta podía darle alguna pista.
–Tu padre –contestó su mama sentándose junto a ellos en la mesa, con su tanque de café humeante– trabaja en un medio de transporte inmediato.
Pablo arrugó su nariz en claro gesto de incomprensión. Rodrigo seguía con la mirada a un cuervo que aterrizaba en una de las antenas de televisión de la casa de Carlos.
–Ahora tengo este bizcocho aquí –continuó su madre con la explicación–, y tras pasar esta puerta ¡Chas! –chasqueó los dedos–, ahora lo tengo en Australia, o en donde quiera que haya un portal que pueda recibir los trocitos de cosa que envíes.
–Goldo polía venil con nozotoz a Cádiz. Nozotoz pol coche y él pol aile  –apostilló Rodrigo, para demostrar que él también estaba atento a la conversación.
–No seas absurdo, enano –dijo Pablo utilizando una frase hecha a la que había cogido cariño– si Gordo va a Cádiz por el aire, entonces nosotros también podríamos ir de la misma forma.
–¡No quelo zel azuldo, mamá, que zemple me toca zel lo peol! –Rodrigo estaba más ofendido consigo mismo, por no haberse dado cuenta de su error, que enfadado con su hermano ante lo que pensaba que era un insulto.
–No llames enano a tu hermano, Pablo –su madre trataba de quitarle importancia a la pequeña pelea con tono condescendiente–, tengamos la fiesta en paz. Además, aún quedaría mucho tiempo hasta que se probase que las personas no sufren problemas con ese tipo transporte. Lo primero sería enviar alguna cosa inanimada y comprobar que reaparece al otro lado con las mismas propiedades, que no cambia.
Pablo iba a preguntarle a su madre más cosas sobre ese tema, ya que le parecía particularmente apasionante, cuando hasta sus oídos llegó un berrido de desesperación.
–Lo que no cambia –continuó su madre–, es el hambre que tiene vuestro hermano siempre a esta hora de la mañana.
–¡Vamos, Rodrigo! ¡Vamos a ver al hermanín! –Pablo se levantó de su silla como un resorte.
–¡Ti manín, manín! ¡Vamo vel manín!
La mamá de Pablo sonrió mientras apretaba la mano de su marido, que dejó por un segundo el repaso de los datos de los papeles y le devolvió una cálida sonrisa.
–Vamos a ver a la fierecilla pues –dijo mientras se levantaba de la mesa.
Los padres de los chicos se quedaron apoyados en el marco de la puerta. Contemplaban con satisfacción a sus dos hijos mayores reunidos alrededor de la cuna de Pelayo, el benjamín de la familia, de apenas seis meses de edad. Los chicos le hacían carantoñas e intentaban comunicarse con él.
–Nada –le comentó Pablo a Rodrigo después de comprobar que su hermano no se tenía en pie–, hoy tampoco parece que vaya a saber andar. Y lo de hablar... a ver si conseguimos que diga algo, pero me parece que tampoco...
–­Gu Gúuuuuu.
Los dos hermanos se miraron decepcionados. En la cuna, Pelayo pataleaba espasmódicamente en medio de un revoltijo de sábanas. El bebé parecía un polluelo en su nido. Su pequeña carita de luna llena relucía de felicidad por tener a su lado a sus dos hermanos mayores prestándole atención. Su boca, sin rastro de dientes y abierta de par en par, emitía sonidos guturales sin control. Seguro de que con algún tipo de sentido en el lenguaje de los bebés, pensó Pablo, pero nada que pudiese entenderse. ¿Cómo demonios se nos podría olvidar hablar “bebé”?
–Ez un lollo tenel helmanoz que no ze mueven –comentó Rodrigo, a la vez que introducía su manita regordeta entre los barrotillos de la cuna–. El ziguiente quielo que zea mayol.
–No seas absurdo Rodrigo, ¡qué sabrás tú de la vida! –le contestó Pablo, como si a sus diez años conociese todos los secretos del mundo.
–¡Mamáaaaaa!, no quelo zel azuldo.
Su madre decidió poner punto y final a la pequeña disputa.
–Hala chicos, que os vista Macarena, que a mí me toca dar el desayuno a este tragoncete.
Los chicos pasaron a su lado. Rodrigo cabizbajo.
–Rodrigooooo –dijo su madre mientras extendía la palma de la mano abierta hacia él.

–¡Demonioz! –Rodrigo entregó con gesto de derrota uno de los chupetes que se había agenciado de la cuna. Después desapareció tras su hermano mayor.

sábado, 20 de mayo de 2017

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS: LA LUZ DEL NUEVO DIA

El planteamiento que Carlos le había transmitido la tarde anterior era de lo más sencillo de cumplir. Nada más fácil que esconder una cabeza de ajos bajo su colchón, a modo de autoprotección por si el vampiro cambiaba de objetivo y la emprendía con él a mordiscos, y otra bajo el de su hermano. Podría suceder entonces que Rodrigo no fuese capaz de acostarse, lo que sería una señal inequívoca de la presencia del virus del vampiro en él. Por ese motivo, cuando su madre les arropó, Pablo asistió con atención al proceso sin perder detalle. Pero Rodrigo no demostró sentirse afectado por el ajo, y comenzó a roncar casi en el momento en el que sus padres apagaron la luz de la habitación. Sin embargo eso no quería decir nada aún. Ya le había anticipado Carlos que los efectos antivampíricos del ajo podrían tardar en manifestarse un tiempo, y que necesitaba ser paciente. Así que Pablo había intentado permanecer despierto el tiempo suficiente para poder detectar las primeras molestias en su hermano, o en su defecto los estertores del vampiro a la hora de estirar la pata. Pero se había rendido a Morfeo sin poder evitarlo.
Ahora no sabía a qué tendría que enfrentarse cuando alzase la persiana y dejase que la luz del sol entrase en la habitación. Eso era lo que tenía de malo la oscuridad, que cualquier cosa que uno pudiese imaginarse cobraba vida en ausencia de luz. Lo mismo podría encontrarse con un vampiro al ajillo sobre la alfombra, que con su hermano colgando boca abajo de la lámpara del techo, como un vulgar murciélago. Lo único seguro es que debía de mostrarse cauto.
Se levantó de la cama a tientas y tiró de la cinta de la persiana con suavidad, para no despertar a sus padres, que dormían en la habitación contigua.
Aparentemente todo estaba tal cual lo había dejado la noche anterior, pero todavía no podía bajar la guardia. Había muchos sitios donde poder esconderse en la habitación.
Lo primero que hizo Pablo fue comprobar si había vampiros fiambres en algún rincón. Miró entre la ropa que colgaba en los percheros, más que nada por la afición que sentían los murciélagos a dormir cabeza abajo. Nada. Luego se asomó detrás del mueble del ordenador. Tampoco. Se agachó y oteó a ras de suelo, bajo las camas, pero allí sólo había piezas de construcción y soldados de la Guerra de las Galaxias.
Cuando Pablo, que no sabía si sentirse aliviado o decepcionado por no haber encontrado nada, se aseguró de que estuviesen solos la habitación, rodeó la cama de Rodrigo y se acercó a su pequeña carita. Sintió su respiración, caliente y pausada. Después, y con mucho cuidado, levantó el labio superior de su boca, y comprobó que no hubiese rastro alguno de colmillos largos y afilados. Pero no, tras aquellos labios tan sólo se escondía una nacarada hilera de pequeños dientes, que su hermano aún tardaría un tiempo en perder. Recordó Pablo mientras la lengua repasaba sus encías, y entraba y salía de cada hueco en donde le faltaba un diente.
Bueno, pensó al fin, su traspié nocturno no había tenido trascendencia. Nadie más que él sabría jamás el peso que acababa de quitarse de encima.
Cuando le diese el parte de novedades a Carlos esa mañana, éste se vería obligado a admitir que, a pesar de los síntomas claros que había visto en su hermano, Rodrigo estaba libre del mal del vampiro. Lo del ajo, al parecer y siempre según Carlos, era infalible después de toda una noche. Si uno pasaba por esa prueba y la superaba, era porque no estaba infectado.
En ese momento los ojos grandes y limpios de su hermano se abrieron de par en par y se encontraron demasiado cerca de los de Pablo, que seguía observándole con detenimiento.
–¿Qué tu quielez, Pabo? –la voz del pequeño sonaba como si algo dentro de su cabeza no se hubiese despertado aún del todo.
Pablo se alegró al escuchar la misma voz del Rodrigo de siempre.
Conocía a la perfección a su hermano pequeño, ¡y cómo no iba a ser así si había llegado a la familia antes que él! Aunque, y esta era una de las cosas que nunca le confesaría a Rodrigo, cuando le daba vueltas al tema lamentaba haberse olvidado del momento exacto en el que su hermano había aterrizado en la casa. A Rodrigo le decía que por supuesto que se acordaba, que cuando llegó a la familia no era más grande que una pelota de golf. Pero lo cierto era que sus recuerdos no llegaban tan atrás en el tiempo. Y eso era algo que le preocupaba. Tanto como para que, a veces, y con cara de auténtico estreñimiento, intentase obligar a su cabeza a volver hacia el pasado, sin obtener resultados positivos al respecto. A ver si el abuelo le había contagiado al fin, de tanto estrujarle y besarle, esa enfermedad que la abuela decía que tenía, la chochera, que se manifestaba cuando no encontraba las llaves del coche o se olvidaba de comprar el pan. Claro que lo que también podía suceder es que su memoria tuviese un defecto de fabricación. O peor aún, de desgaste por exceso de uso. Tal y como les pasaba a las ruedas de los coches, que se estropeaban después de muchos kilómetros.
Otro rugido de su estómago hizo que aparcase todas aquellas deducciones tan científicas y lógicas para apuntarlas en su libretita de “Cosas Para Pensar en Ellas”. Como hacía su padre con las ideas geniales.
–Ya es de día, Rodrigo. Anda, vamos a desayunar, que tanto pensar me da hambre.
Rodrigo todavía no hablaba el idioma de los mayores, o por lo menos no del todo. Mezclaba algunas palabras y no sabía decir ni la “r” ni la “s”, y la “g” le costaba un poco. Por esa razón su madre pasaba todos los días un ratito con él, intentando que repitiese unas cuantas palabras con esas letras.
Pero Rodrigo era muy listo, y sobre todo un buen hermano. Un poco bebé eso sí, pero un buen hermano al fin y al cabo. Y todos esos defectillos que ahora tenía se curarían con el tiempo. De eso Pablo estaba seguro.
Pablo se acercó a la ventana de su dormitorio, en la segunda planta de la vivienda familiar, situaba en un acogedor barrio de casitas con jardín, muy cerca de la playa. El sol ya brillaba espléndido a esas horas de la mañana, y hacía que Gijón, la hermosa población costera en la que residían, luciese como nueva bajo aquel cielo sin nubes. Pablo hinchó el pecho y dejó entrar en sus pulmones el aire del nuevo día mientras echaba un vistazo a sus dominios.
A sus pies pudo ver sin esfuerzo el descuidado trozo de jardín que rodeaba su casa. Debido a un final de primavera excesivamente cálido y lluvioso, el terreno se había cubierto de una gruesa manta verde de césped primaveral, muy poco habitual a esas alturas del año. En el pequeño jardín, y distribuidos por la finca para que no se estorbasen, convivían dos manzanos, un viejo roble, un nogal, y varios tipos de plantas de bonitas flores, que revivían con renovados bríos cuando su madre les dedicaba un poco de su tiempo y cariño. Desperdigados aquí y allá, sobresalían de la lozana hierba los objetos más dispares que alguien pudiese imaginar. Podían encontrarse balones de diversos colores, con menos aire en su interior del necesario para la buena práctica del fútbol, y uno de baloncesto que también había conocido tiempos mejores. En cuanto al capítulo de medios de transporte, también podían verse dos bicicletas, aparcadas desde hacía días a sombra de un manzano, y un patinete ligeramente oxidado y empapado de rocío. Más difícil sería hacer la lista de los pedazos de juguetes rotos, en su mayor parte debido a la intensidad de los juegos de los niños, que esperaban una más que improbable reconstrucción.
Los padres de Pablo muy a menudo intentaban hacerles ver los beneficios del orden y el cuidado de las cosas, pero tarde o temprano llegaban a la conclusión de que sus consejos eran tan útiles como tratar de vaciar el océano con un calderito de playa. Todos hemos sido niños alguna vez, ¿o no? Pues los niños son niños y no pueden ser otra cosa.
También podían verse desde su posición, tras muros más o menos altos de diversos tipos de seto, las casas de sus vecinos más próximos.
Cada vez que mostraban su disgusto por las formas tan poco elegantes de vestir de la juventud con la que se cruzaban por la calle, sus abuelos decían que el estilo con el que uno se vestía decía sin palabras mucho más de su persona que cien informes. Pablo pensaba que sus abuelos estaban un poco anticuados. Sobre todo cuando les escuchaba decir esa frase al observar la forma en la que él mismo se había vestido.
Pero era muy curioso el comprobar cómo, si se aplicaba ese dicho a los setos de las fincas en vez de a la vestimenta de las personas, también cobraba sentido. Los setos podían darte bastante información de tus vecinos. Por ejemplo, el seto de color verde azulado y casi inexistente que cerraba la finca de su izquierda, intentaba esconder sin mucho éxito la casa recién construida de Sara, a la que aún estaban dando los últimos remates. La familia de la niña había llegado unos meses antes al barrio, y en el jardín y debajo del porche de la casa todavía podían verse grandes bultos que desembalaban sin prisa. El papá de Sara trabajaba para el gobierno. Algo muy misterioso y que Pablo sabía porque se lo había oído decir a sus padres, que se habían tomado muy en serio su labor de buenos anfitriones e intentaban que sus nuevos vecinos se encontrasen cómodos en el barrio. Eso no molestaba en exceso a los dos hermanos, porque los padres de su amiga eran de los que molaban. Pablo y Rodrigo habían pasado muchas tardes de juegos con Sara en las últimas semanas, mientras los padres de la niña realizaban las compras necesarias para hacer habitable su casa. Ahí habían descubierto que la mamá de Sara hacía unas pizzas estupendas, y que su papá contaba unas historias muy ocurrentes y divertidas. Sara además era una niña con la que se podía jugar a casi cualquier cosa, y en verdad había elevado el concepto que Pablo y sus amigos tenían del género femenino. Si no fuese tan mandona... sería perfecta, le decía muy menudo Pablo a su hermano.
Otra de las edificaciones más próximas a la suya era la casa abandonada. Escondida a su derecha apenas sobresalía detrás de unos setos que crecían salvajes desde hacía años. Mucho antes de que Pablo pudiese recordarlo. Las ramas asilvestradas del cierre se entrelazaban con las de los descuidados árboles del jardín, ocupando casi toda la finca. Sus propietarios, le había contado su madre, eran una pareja de amables ancianos que volvían a España a pasar los veranos para no olvidar las raíces de sus antepasados. Pero hacía muchos veranos ya que nadie les había vuelto a ver, con lo que todos se temían lo peor. Aquella edificación, desconchada por la falta de mantenimiento, y a la que se podía acceder a través de un agujero en el cierre de la casa de Pablo, servía habitualmente de lugar de reunión de la pandilla. O de castillo, o de barco pirata. O de cualquier otra cosa que hiciese falta para desarrollar sus imaginativos juegos.
Frente a él se erguía la casa de Carlos. Una edificación de ladrillo rojo con el tejado erizado de antenas parabólicas. El jardín de su amigo siempre estaba repleto de los trastos más extravagantes, alrededor de los cuales dormían con placidez no menos de diez gatos de diferente pelaje y un número indeterminado de perros. Los setos que cercaban esa finca no eran tales; es decir, sí que lo eran, pero no en todo su perímetro. Entre las desgarbadas tuyas se mezclaban rosales blancos y rojos, glicinias que vestían los setos de malva cuando florecían, y buganvillas de color naranja, rosa y violeta. También tenían plantadas por todo el perímetro moreras y arbustos de frambuesa, cuyos frutos servían para hacer tartas y mermeladas con las que endulzaban los desayunos de la familia durante el invierno. Además, Carlos presumía de dos árboles africanos cuyas semillas se había traído de un viaje a Kenia, y que había colonizado con sus raíces parte del jardín de Pablo... Si se pudiese definir gastronómicamente aquel cierre, se podría decir de él que sería carne, pescado, y postre, y todo ello servido al mismo tiempo y a su vez revuelto. Pero esa era también la mejor definición posible de Carlos y de su familia.
En cuanto a Carlos, de él podía decirse que era la persona más interesante del vecindario. Y es que su amigo ya era mayor. Había cumplido doce años, y podía hacer cosas que a Pablo su madre le decía que no haría hasta que tuviese dieciocho, porque reblandecían el cerebro. Como comer pizza y beber Coca Cola a todas horas. Pero Carlos era más que pizza y Coca Cola. Su amigo también daba vueltas alrededor de la casa en una mini moto que a Pablo le parecía el no va más de la chulería, decía palabrotas con total naturalidad, y hasta presumía de haber fumado una vez un cigarrillo que su hermana mayor había abandonado en el cenicero dándolo por muerto. Pablo envidiaba esa libertad y ansiaba que llegase ese momento a su vida.
Alguna noche podía ver, a través de las ventanas abiertas de la casa de su amigo, la enorme televisión que iluminaba fantasmagóricamente el salón de la casa, y a Carlos junto a sus padres disfrutando de una película, de esas que a Pablo le estaban prohibidas por ser demasiado violentas.
O un partido de fútbol. Cuántas veces se había quedado Pablo embobado, contemplando aquellas imágenes mudas de hombres que perseguían un balón de un lado para otro, hasta que el sueño le vencía. Y eso que todavía no entendía mucho de fútbol. Para él era suficiente con saber que había que meter gol en una de las dos porterías, y cuantos más mejor. ¡Ah!, y que para estar en la onda uno tenía que ser del Real Madrid. En realidad a Pablo no le interesaban mucho los partidos de fútbol. Lo que de verdad le atraía de todo aquello era la magia de poder verlos por la noche, como los mayores, y la respetabilidad que se conseguía en el recreo del cole cuando comentaba que había visto uno. Para Pablo, y a pesar de todo lo que pensase su madre, Carlos era un chico fascinante.
Ya por último, y para hablar de todo lo que Pablo podía ver desde su habitación, asomaban por detrás de la casa de Carlos los setos de seis metros de altura y corte militar de la casa de los gemelos. Los jefes de la terrible “banda de la calavera”. Un grupo de siniestros chicos que le habían declarado la guerra a Pablo y por extensión a todos sus amigos. La madre de Pablo le decía a menudo, mientras le curaba una rodilla despellejada por un empujón malintencionado de aquellos brutos, o le ponía hielo en un huevo de su cabeza producido por una certera pedrada, que el mundo estaba lleno de personas como los gemelos. Niños que disfrutaban haciendo daño a los demás, pero sólo si eran menores que ellos en edad y en número. Al final del discurso su mamá siempre le tranquilizaba diciéndole que la vida acababa poniendo a cada uno en su lugar. Pero a Pablo eso no le consolaba mucho, porque mientras tanto no llegase el momento en el que la vida actuase, el dolor de la pedrada siempre se lo llevaría él.
Lo que escondía aquel muro verde e impenetrable tan sólo podía adivinarse y era objeto de continua especulación por parte de Pablo y sus amigos. Unicamente en una ocasión habían podido atisbar, al pasar con sus bicis frente al portón abierto de la finca, una edificación oscura y misteriosa delante de la cual estaba aparcado el todoterreno más negro, grande y reluciente que Pablo hubiese visto nunca.
Lo que Pablo aún no había averiguado era en qué trabajaba el padre de los gemelos. Eso a pesar de habérselo oído contar a sus padres una noche en la que pensaban que nadie les escuchaba. Porque Pablo, que sabía que un fontanero arreglaba grifos, y un electricista bombillas, todavía no sabía a qué diantre se dedicaban los cretinos.
Cuando Pablo acabó de repasar los alrededores de su casa, una mancha marrón canela apareció en su campo de visión y cruzó el jardín de izquierda a derecha.
Lucas, su fiero perro cocker, comenzaba a patrullar la finca de forma muy profesional. Lo que quería decir que Macarena ya había llegado y le había abierto la puerta del garaje, donde dormía.
El trabajo de Lucas parecía a simple vista agotador. Olisqueaba sin descanso cada hierba que sobresalía del resto, comprobando que todo siguiese tal cual lo había dejado la noche anterior. Eso era lo que tenía de malo ser el tenaz guardián de la finca. Una responsabilidad que Pablo no deseaba para sí porque tenía que ser un rollo eso de estar siempre atento a cualquier ruido.
Si Pablo se viese obligado a cambiarse por algún animal de la casa, elegiría sin lugar a dudas a Gordo, el gato atigrado que hacía honor con creces a su nombre. El felino estaba sentado en el tejado, y se contentaba con observar impasible los nerviosos vaivenes del perro por el jardín.
En ese momento Rodrigo se acercó a la ventana, al lado de su hermano, y apartó las cortinas para arrimar su naricilla al cristal. Pablo desde su altura veía con claridad el paisaje. Rodrigo a duras penas alcanzaba a asomar sus ojos si se ponía de puntillas.
–¿Tú milas Pabo? –preguntó con tono musical.
–Estoy comprobando si ya se levantó Carlos. Pero veo que no. Las persianas todavía están bajadas, ¿ves?
–Tí, veo –Rodrigo, que sólo lo veía a medias, no quería dar a entender que estaba un paso por detrás, o más bien por debajo, de su hermano.
–Bueno Rodri, por fin llegó “el día de la araña” –continuó Pablo, a la vez que observaba de reojo que las ronchas del cuerpo de su hermano habían disminuido de tamaño. Señal de que el mal que le aquejaba, fuese cual fuese su origen, se batía en retirada.
Otro rugido de sus barrigas les hizo abandonar la observación del vecindario. Después, y tras debatir a media voz los pasos a dar a continuación, salieron de la habitación con los sigilosos movimientos de un comando secreto que necesitara infiltrarse tras las líneas enemigas. El objetivo estaba claro y en ese momento era de carácter prioritario. Precisaban conseguir alimentos que aplacasen el escándalo de sus estómagos.
Para llegar a la cocina necesitaban pasar por delante de la habitación de sus padres. Ese sería el momento más delicado de la misión. En más de una ocasión habían sido sorprendidos por la voz del alto mando enemigo, que les había devuelto a la oscuridad de su cuarto bajo amenaza de arresto domiciliario y sin tele.
Pero esa mañana el éxito estaba garantizado. Habían conseguido llegar hasta la cocina sin ningún tipo de contratiempo, y conocían la localización exacta del escondite donde el enemigo guardaba los más sabrosos manjares. El pequeño armario que había sobre la nevera.
Sin más preámbulos, los chicos pasaron a la fase de la destreza física y arrimaron un taburete a la nevera con la mayor delicadeza posible. Con la agilidad propia de un niño su edad, Pablo se encaramó al mármol de la meseta y, confiado, abrió el armario que guardaba la crema de cacao. Tras alcanzar el tarro, se lo pasó a su cómplice, que aguardaba a sus pies con impaciencia y una orquesta en el estómago, tan sólo de pensar en el banquete que le esperaba.

Ya se encontraba Pablo de nuevo en el suelo, y comenzaba a reclamar su parte del botín, cuando ¡zas!, unas manos traicioneras aparecieron sin avisar por detrás de ellos y les atraparon sin ningún tipo de miramiento, sujetándoles firmemente por las camisas del pijama.