martes, 15 de agosto de 2017

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS: FLIK PIDE AYUDA

–¿Y qué es lo que una super rana viajera del espacio necesita de dos niños como nosotros?

–Verás Pablo, hace miles de vuestros años, cuando el mundo del que provengo era mucho más joven, se parecía mucho a este. Incluso mi raza se parecía un poco a la vuestra. En aquel entonces nuestra civilización había adquirido un grado de desarrollo tal, que pensábamos que nada en todo el Universo tenía secretos para nosotros. Como especie éramos jóvenes y muy arrogantes. Entonces conocimos otras civilizaciones, dominamos la materia y muchos otros conceptos que vosotros aún no podéis ni imaginar.

Pero nos descuidamos. Nos volvimos perezosos. Mis antepasados sacrificaron el contacto con la realidad por la posibilidad de desarrollar su inteligencia hasta límites inimaginables. Abrimos nuestros sentidos a capacidades increíbles. Pero no nos dimos cuenta de que jamás se puede tener todo al mismo tiempo, y que al ganar en un aspecto perdíamos sin remedio en otros.
Al principio todo sucedió muy lentamente y los cambios tardaron generaciones en manifestarse, pero cuando los advertimos, ya era demasiado tarde. Mi pueblo había perdido la posibilidad de sentir, de tocar, de manejar las cosas físicas. Habíamos diseñado máquinas para que hiciesen nuestros trabajos más pesados porque aquellas tediosas labores no las quería realizar nadie, y en aquel entonces no nos pareció mal ya que así tendríamos más tiempo para pensar. Al no tener que trabajar, nuestros músculos se atrofiaron y lentamente fueron desapareciendo de nuestros cuerpos. Algo lógico, la evolución tiende a eliminar aquello que no es necesario. Mucho más tarde enseñamos a las máquinas a diseñarse a sí mismas y a construirse, incluso a repararse cuando estuviesen rotas. Y por último les ordenamos que se ocupasen de todos los aspectos que conllevasen algún tipo de esfuerzo en nuestras vidas, ya fuesen pequeños o grandes.
Al cabo de unas cuantas generaciones más, fueron nuestras extremidades las que desaparecieron. Tampoco las necesitábamos. Habíamos conseguido convertirnos en una forma de vida casi etérea y prácticamente inmortal, cuya única misión era la de pensar y contemplar la naturaleza de todo lo que nos rodeaba. Nuestro afán de seguir profundizando en el conocimiento del Universo nos absorbía. Continuamos conociendo otros mundos y nuevas formas de vida, algunas inteligentes, otras no. Pero mis antepasados todavía no tenían suficiente.
Un oscuro día decidieron que las máquinas, que además de realizar todas nuestras tareas también controlaban los ritmos de nuestro mundo, debían de seguir con su trabajo fuera de la vista de mi pueblo. De ese modo pretendían conseguir  un mundo en el que la paz de la contemplación y el estudio no pudiese ser distorsionada por movimientos mecánicos o ruidos de motores. Ordenamos a las máquinas que se enterrasen y viviesen por siempre ocultas, en inmensas ciudades subterráneas. En un mundo dentro de nuestro mundo. Desterradas. Fue la etapa más hermosa de nuestra existencia. La superficie quedó reservada únicamente para los seres vivos, aquellos que necesitábamos de la luz de las estrellas y del aire para vivir. Debajo de nosotros, las máquinas, sin más necesidades que la materia prima para construirse y repararse, y el combustible que las alimentaba, trabajaban sin descanso para cumplir con las tareas que les habían sido asignadas. Mi planeta se convirtió entonces en una maravilla multicolor. Un auténtico paraíso. Podríamos dedicarnos por fin, y ya sin ningún tipo de interferencia externa, a adquirir e intercambiar conocimiento. Observábamos a los demás y veíamos sus problemas. Algunos tan graves como para llevar a mundos enteros a la destrucción, y aprendíamos de todo con el firme propósito de no cometer sus mismos errores. Por eso jamás sospechamos que pudiésemos estar al borde de nuestra propia extinción, y mucho menos que esta situación pudiese llegar a ser provocada por nuestros actos.
Al llegar a ese punto, Pablo notó cierto tono de amargura en la voz de Flik.
–Pero todo lo que estás contando hasta ahora es muy guay. Nunca tendríais que trabajar. Todo el día para poder estar con los amigos, dedicándose a jugar... yo no veo el problema...
–Pablo, recuerda estas palabras de alguien que sabe de lo que está hablando. Los excesos nunca son buenos, y nosotros nos habíamos volcado demasiado en el estudio y la meditación. Nuestra existencia no estaba compensada. Mirábamos tanto las estrellas que no nos ocupamos de los posibles problemas de nuestro mundo.
Muchas generaciones después, comprobamos con gran sorpresa que una enorme y oscura estructura había brotado durante la noche de las profundidades de nuestro mundo. Como una maligna flor.
–¿Como un álbol?
–Mucho más grande, Rodrigo. Mucho más que esta hermosa ciudad en la que vives –le respondió Flik–. Intentamos encontrar la explicación más lógica al suceso, pero lo que veíamos no se parecía a ninguna cosa conocida. Lo único seguro era que aquello no podía haber sido creado por la naturaleza.
Flik hizo una pequeña pausa.
–Los miembros más sabios de nuestra raza, acompañados por algunos amigos de otros mundos, se acercaron a la amenazadora construcción para tratar de adivinar el porqué de su aparición. Pero nadie era capaz de aventurar una teoría convincente. Lo único que parecía evidente es que no había vida como la que conocíamos allí adentro con la que poder comunicarnos. Pasaron muchos días sin novedades. La fortaleza de brillante y oscuro cristal tan sólo permanecía allí. Desafiándonos. La única actividad que podía observarse a simple vista, era que, muy de vez en cuando, expulsaba unas interminables columnas de inocuo vapor. Nada más. Fuese cual fuese el motivo de su presencia, no nos era revelado.
–Demonioz, ¡qué mizteliozo!
–Hasta que un día comenzamos a detectar actividad en su interior. Su parte superior, hasta ese momento herméticamente cerrada, desapareció dejando al descubierto un enorme agujero negro. De aquel pozo aparentemente sin fondo emergieron una docena de inmensas torres, también oscuras y brillantes, que crecieron como agujas y se elevaron hacia el cielo hasta una altura nunca vista en mi mundo. Fue entonces cuando alguien reparó en que las máquinas vivían debajo de nosotros sin hacer ruido alguno. Hacía tanto tiempo ya de su destierro, que ni los más ancianos de mi pueblo lo recordaban. Las máquinas habían decidido volver a la superficie. Pero ¿por qué habían desobedecido la orden de permanecer bajo tierra?
Flik calló y los niños no dijeron nada, señal de que tenían los cinco sentidos puestos en la historia que les estaba contando aquella pequeña ranita amarilla.
–Mientras debatíamos éste y otros temas, la actividad en aquella oscura superestructura continuaba sin cesar. Fuimos testigos de la aparición de unas formas inorgánicas, del color del más oscuro ámbar, que se desprendieron como gotas de la estructura de la fortaleza. Aquellos extraños se dedicaron a recorrer sin descanso todo el planeta, en lo que supusimos era un análisis exhaustivo del mismo. Ninguno de nuestros esfuerzos por comunicarnos con ellos obtuvo resultado positivo. Y así fue durante mucho tiempo. Justo hasta que decidieron que había llegado el momento de dirigirse a nosotros. Algo que sucedió sin previo aviso.
–¿Y qué fue lo que os dijeron? –preguntó ansioso Pablo.
–En resumidas cuentas, que se habían visto obligadas a volver a la superficie para comunicarse con Los Creadores. Necesitaban resolver un problema, de tal magnitud, que de no solucionarse podría acabar por destruir el planeta.
–¿Qué problema? –insistió Pablo.
 –Lo más preocupante de todo era la falta de materia prima. Se les estaba agotando y no podían fabricar más máquinas para seguir cumpliendo con sus tareas.
–Bueno, y vosotros les dijisteis que todo se arreglaría ¿no? –interrumpió el relato Pablo.
–Nuestro embajador les comunicó que les entendía, y que intentaría buscar una solución. Pero no le hicieron el menor caso. Las máquinas continuaron comunicándose con cada una de las especies que previamente habían clasificado en su viaje por la superficie.
–¡Demonios!, ¿y eso por qué? –volvió a preguntar Pablo, porque no entendía nada.
–Al principio eso también nos despistó a nosotros, Pablo. Pero la explicación era más sencilla de lo que nos imaginábamos. Había transcurrido tanto tiempo, y unos y otros habíamos cambiado de tal forma, que igual que nosotros no recordábamos su existencia, las máquinas tampoco podían reconocernos como sus creadores. Para ellas éramos otros seres vivos más del planeta. Un poco más evolucionados, sí, pero en definitiva otros entes orgánicos más a los que informar de su decisión, que era la de que no teníamos más derecho que ellas a estar en la superficie.
–¿Os querían echar de vuestro mundo? –preguntó Pablo.
–Es algo muy sencillo de explicar –continuó Flik–. Veréis, las máquinas tenían en el primer lugar de su lista de prioridades el velar por el cuidado de sus creadores, pero, como no eran capaces de reconocerlos entre los seres vivos del planeta, concluyeron que estos habían desaparecido. Así que entró en funcionamiento la segunda de sus prioridades, la de su propia supervivencia. Y concluyeron que ya no era necesario trabajar más para mantener el planeta habitable, puesto que ellas no necesitaban aire, ni seres vivos para sobrevivir. De forma automática comenzaron a economizar recursos y minimizar sus funciones. No había nada que pudiésemos hacer. Ellas regulaban nuestro mundo, y en ese momento dejaron de hacerlo.
–No entiendo nada –interrumpió Pablo– pero ¿no las fabricasteis para proteger toda la vida de vuestro mundo? Aunque a vosotros no os reconociesen como sus creadores, erais seres vivos...
–Ese fue uno de los errores que cometimos en el pasado. Las creamos para proteger la vida, pero tan sólo en el sentido en el que nosotros necesitásemos de ella. Vosotros estáis comenzando ahora a daros cuenta de que todo ser vivo es necesario para la supervivencia de este planeta. Cada brizna de hierba, cada pequeño insecto, todo cumple su función en este mundo. El que una especie desaparezca, o se reproduzca en exceso, altera un orden que al cabo de unas pocas generaciones puede llegar a cambiar el equilibrio de forma irreversible y fatal para todo el planeta.
–¿Qué quiele decil Flik, Pabo?
–Pues, más o menos que si te cargases a todas las hormigas del mundo sólo porque son molestas, tarde o temprano te darías cuenta de que las necesitabas para algo. Pero ya no estarían aquí. Todas las cosas tienen una misión que cumplir. Aunque no nos demos cuenta a simple vista de cual es.
–¡Bravo, Pablo!, esa es la idea –la luz del sol, que se filtraba a través de las hojas del roble, iluminó la satisfecha cara de Pablo–. Al tener como única prioridad por encima de la suya nuestro bienestar, y no reconocernos como sus creadores, no encontraron compensación al esfuerzo con el que mantenían con vida un planeta que ellas no necesitaban que estuviese vivo.
–Lo que no entiendo todavía, Flik, es para qué nos necesitas.
–Lo cierto es que nosotros ya no podemos sobrevivir en nuestro planeta sin las máquinas. Las necesitamos. Sin ellas mi mundo se muere, y con él toda la vida que alberga. No sólo nosotros. Pero para explicaros cómo me podéis ayudar, tenéis que venir a mi mundo. Allí os podré seguir contado la historia.
Los dos niños se miraron uno al otro. Lucas se había dormido tranquilo sobre el césped.
–¿Así, sin más? –preguntó Pablo– ¿sin preparación alguna? ¿Llegas aquí y esperas que nos vayamos a tu planeta, sin avisar a nuestros padres? ¿Crees acaso que estamos locos? –Pablo volvió a mirar a su hermano pequeño y luego a Flik. Después se respondió a sí mismo–. ¡Vale!, ¿cuándo nos vamos? –ésta prometía ser una aventura de las buenas, pensó Pablo. Que una rana hablase era una tontería en comparación con lo de viajar por el espacio.
–Ezpela, ezpela un poquitín, Pabo. Men, que te quielo decil algo –Rodrigo se incorporó y comenzó a tironear de la camiseta de su hermano mayor, con la intención de llevárselo aparte y poder hablar sin que Flik les escuchase.
–Vaaaale, voy. Espera un poco Rodrigo, que ya voy. Oye, Flik, no te vayas a ningún sitio, que ahora vuelvo, ¿vale? –comentó Pablo mientras se alejaba unos pasos a regañadientes.
–¿Se puede saber qué quieres ahora, Rodrigo?
–Tengo mocoz.
Ajá, pensó Pablo, la vieja excusa de los mocos. Rodrigo siempre decía que tenía mocos, que era lo mismo que decir que estaba malito, cuando no quería hacer algo.
–¡Rodrigo, Rodrigo! –le espetó– que nos conocemos... Ni estás malo, ni tienes mocos, ni nada que se le parezca.
–Pueeeeez, quelo hacel poz.
Bueno, ahí estaba el plan B. “Poz” era lo que venía después del retortijón. Desde luego, si había algo que no se podía negar es que su hermano era muy listo.
–Vamos a ver si lo entiendo. Resulta que una rana interespacial ha venido a buscarnos a nosotros, Rodrigo, A NOSOTROS DOS, para salvar su mundo, ¡y ahora tienes que ir a hacer pos! No me lo puedo creer. Hoy por la mañana tan sólo podíamos aspirar a hacer una guerra de apestosas arañas, y ahora una rana que habla nos invita a ir a su casa en otro planeta, y tú, ¿TIENES QUE IR A HACER POS?
–No quelo il –dijo Rodrigo con la cabeza baja.
–¿A hacer pos?
–No. Con Flik.
–Vale, eso sí que puedo entenderlo. Tú eres muy chiquitín todavía y tienes un poco de miedo. No te preocupes que ya voy yo. Espérame aquí a que vuelva, pero no les digas nada a papá y a mamá, ¿vale? –Pablo pensó un poco–. Bueno, solo si nos llaman para comer y no he vuelto aún.
–Ez que no quelo que tú vayaz tancopo –una lágrima asomó en el borde de sus grandes ojos.
–Tranquilo Rodrigo, no te preocupes –el corazón de Pablo se llenó de ternura–, que no me pasará nada. Ya soy mayor.
–Pelo mamá no noz deca il con eztlañoz –le reprochó Rodrigo en un alarde de agilidad mental.
Pablo miró a su hermano y luego a Flik, que esperaba junto a Lucas. Si quería convencerse a sí mismo de que no había problema con la decisión que estaba a punto de tomar, sería muy importante poder salvar todas y cada una de las objeciones de su hermano. Pablo tenía que reconocer que a veces se arrepentía de actuar demasiado a la ligera, sin pensar dos veces en las consecuencias de sus actos. Por el contrario, Rodrigo era tan, tan ... como mamá en sus razonamientos. En el medio estaba la virtud según los mayores, así que antes de dar un paso tan trascendental como aquel, se propuso razonar, con el rigor científico que la situación requería, cada uno de los problemas que su hermano pudiese ver.
–Vamos a ver Rodrigo, ¿qué dice mamá que es un extraño?
–Puez... un zeñol...
–¡Exacto! Un señor que lleva caramelos al cole para secuestrarte –señaló a Flik–. Ni señor, ni caramelos, y lo más importante, ¿cómo puede secuestrarme una rana que no pesa más de veinte gramos? Si se pone agresiva le pego un patada que la mando a Júpiter –la verdad era que ni él mismo se quedaba demasiado convencido con aquella explicación “tan científica”.
–No zé Pabo...
–¿Eres capaz de decirle a esta ranita desesperada, que además se va a quedar sin casita, que no la puedes ayudar?
–Ez que los lobotz me dan muto medo.
–Pero Rodrigo, ¿no ves como es Flik? ¿Tú cómo crees que serán esos robots, si los que los fabricaron son tan grandes como esa ranita?
La mirada de Rodrigo era de sincera preocupación. Pablo continuó con su razonamiento.
–Muchas gracias por preocuparte por mí, de verdad. Pero hay ocasiones en las que debemos ser un poco más valientes y no tener tanto miedo a lo que pueda pasar. Esta es una de esas veces. Si encontrases a un pobre gatito en medio de una carretera y te diesen mucho miedo los coches, ¿no intentarías salvarlo, a pesar de tus temores? –a Pablo se le ocurrió una brillante idea–. Piensa en lo que haría Tarzán en una situación como esta.
Esa última frase tocó la fibra sensible de su hermano, que bajó la vista al césped.
–Beno –contestó Rodrigo un poco enfadado consigo mismo, porque le daba la impresión de que estaba quedando como cobardica. Pablo tenía razón, Tarzán no se lo hubiese pensado dos veces–, pelo ez que zoy muy pequenín tobadía.
–Está bien. Que Flik nos diga entonces cómo son de grandes los robots y cuantos hay. Luego decidimos. ¿Te parece bien?
–Vaaaale.
Los dos niños se reunieron de nuevo con Flik y el durmiente Lucas.
–A ver Flik... esos robots de los que me hablabas...

Flik pegó un pequeño salto y se encaramó al regazo de Pablo, que se había arrodillado a su lado. Este, sorprendido, tomó a su hermano por brazo. El contacto entre los tres fue suficiente para que Flik les hiciese testigos de una  maravillosa experiencia.

miércoles, 9 de agosto de 2017

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS: FLIK

–Mila, Pabo, mila. Una lana que haba.
Pablo, que presumía de entender el idioma de su hermano, se quedó un poco perplejo. Lo que le parecía haber escuchado no tenía sentido. Seguro que se trataba de otra pequeña broma de Rodrigo en relación a ese pequeño globo amarillo que... ¡demonios! En ese mismo momento la minúscula esfera volvió a saltar y cambió de posición, escondiendo la mitad de su cuerpo de nuevo en la hierba. Rodrigo saltó imitándolo y se situó otra vez a su lado.
La curiosidad de Pablo creció rápidamente e hizo que se diese prisa por llegar donde le esperaba su hermano. Ya no hubo más saltos. El bulto amarillo permaneció inmóvil hasta su llegada. Pablo se agachó junto a Rodrigo y contempló maravillado la oronda ranita.
–Ez muy wapa –dijo Rodrigo.
Para Rodrigo, guapa era la máxima expresión de hermosura, inteligencia, bondad o cualquier otro atributo positivo que se pudiese aplicar a persona, animal o cosa.
–Sí, es muy bonita –le dijo Pablo a su hermano.
–Gracias –dijo la rana.
Pablo pegó un salto hacia atrás.
–Haba, como nozotoz –sonrió Rodrigo.
–¡Guau!, pero las ranas no pueden hablar –exclamó Pablo sorprendido–. Bueno, sí pueden, porque esta  puede...
–Ez muy educada ¿veldad?, y muy wapa...
–Pero, pero... tú no puedes ser una rana –concluyó Pablo, después de obligar a las células grises de su cerebro a ponerse a trabajar para descifrar aquel misterio.
–¿Y zi ez un plíncipe? O una plinceza. Hay que dal-le un bezo.
–Espera, espera un momento, Rodrigo –Pablo detuvo a su hermano poniéndole una mano en el pecho, cuando el pequeño ya se lanzaba ilusionado hacia la rana, con morritos de pez besucón–. Puede ser venenosa.
–¡Demonioz! –Rodrigo retrocedió un poco repugnado ante su idea inicial–. Tenemoz que decil-lo a papá y mamá.
–Bueno, bueno, Rodrigo; eso está muy bien, pero tampoco tenemos por qué darnos tanta prisa –Pablo estaba excitado ante lo que suponía la aventura de tener una rana parlanchina en su poder–. Por otro lado, tampoco parece muy peligrosa. ¿Sabes decir alguna cosita más ranita?
–No...
–¡Eh!, ¡ahora no te hagaz la zilencioza, que antez hababaz un montón! –se anticipó Rodrigo sin dejar que acabase.
–Quiero decir que no podéis contar a nadie que me habéis visto –acabó la frase la ranita.
–Jolín, Rodrigo, ¡si habla mejor que tú!
Rodrigo le pegó un empujón a su hermano de rabia y contrariedad.
–Lo mejor será empezar por el principio –continuó la ranita– vengo de un mundo muy lejano. Un mundo que no se puede ver ni con vuestros telescopios más grandes. He venido a veros porque el planeta que habito necesita de vuestra ayuda.
Rodrigo y Pablo, se habían sentado con las piernas cruzadas junto a su descubrimiento. Al oir eso le miraron con incredulidad.
–¿Ayudarte? Pues no sé cómo pueden ayudarte dos niños... somos muy pequeños. Mejor será que se lo digamos a nuestro papá, que es una persona mayor. El es más graaaaande y listo.
Pablo extendió sus brazos para intentar hacer ver el tamaño de su padre a aquella viajera de la estrellas.
–No, de verdad, creedme. Ya conozco a vuestros mayores, pero todo lo que necesita mi mundo para salvarse está aquí, sentado ante mí.
–Pelo, ¿y dónde eztá tu nave ezpacial? –preguntó Rodrigo con suspicacia, a la vez que giraba su cabeza a uno y otro lado. Intentaba descubrir algún cohete sideral aparcado en el jardín que se le hubiese pasado por alto–. ¿La tienez gualdada en un pozo, veldad?
–No tengo. No necesitamos ninguna nave espacial para movernos entre mundos habitados como este.
–¿Y cómo vinizte de tu paneta entoncez?, ¿zaltando? Pabo, ezto me eztá zonando a chimpuzquina.
–Oliendo –dijo Pablo.
–¿Qué?
–Que se dice oliendo a chamusquina.
–Dejad que os lo explique, por favor. ¿Veis este gran árbol que vosotros llamáis roble? –continuó la rana.
–Sí.
–Zí.
–Pues algunos árboles de vuestro mundo, cuando son muy viejos y sabios, pueden comunicarse con los de otros planetas –los dos niños pusieron cara de estar un poco perdidos–. Os lo explicaré de una forma más sencilla para que podáis entenderlo. Las raíces de este árbol, además de alimentarle y hundirse profundamente en la tierra, también penetran en el tiempo y el espacio. Con su ayuda podemos abrir portales a otros mundos en los que sus árboles también hayan desarrollado esa habilidad, y sólo es cuestión de tiempo que lo hagan.
–¿De lanaz? –preguntó Rodrigo.
Pablo, al ver que la ranita miraba a uno y a otro con cara de no haber entendido la pregunta de su hermano, la tradujo.
–De ranas, ¡demonios! Que si todos los mundos aparte de este son de ranas –por la cabeza de Pablo pasó la terrible idea de un ejército invencible de ranas, que pudiese venir a vengar las torturas realizadas por él y su pandilla a sus primas de la Tierra. ¿Pero cómo demonios se iba a haber imaginado él que las ranas pudiesen ser tan importantes en el orden del  Universo?
–No, no. Disculpadme de nuevo. Este no es mi verdadero aspecto. Yo no podría venir a este planeta con mi forma real, la que tengo en mi mundo.
–¡Oh, vamos! Ya he visto esta parte en alguna película de miedo –comentó Pablo–. Ahora es cuando nos dices que en realidad eres un monstruo horrible y que sólo te alimentas de niños...
–¿Moztluo?, ¿qué moztluo?... – preguntó Rodrigo un poco nervioso.
–Dice... oye, por cierto ¿cómo te llamas? –Pablo recordó que aún no habían sido debidamente presentados.
–Flik, ze llama Flik –se apresuró a contestar su hermano.
–¿Acaso te lo ha dicho ella? –preguntó Pablo un poco cansado por las continuas interrupciones de Rodrigo.
–No, pelo ez mía. La enconté yo, azí que le pongo el nombe que me da la gana.
–Esto no funciona así Rodrigo. Este bich… ella seguro que ya tiene un nombre. Tú no puedes poner otro nombre a alguien que ya lo tiene. Papá siempre se llamará papá, porque alguien le puso ese nombre antes que tú. A esta rana le habrá puesto el nombre otra persona. Además, no es tuya, no es de nadie. Alguien que puede hablar no es de nadie.
–¡Calamba! –Rodrigo cruzó los brazos enfurruñado.
–Pues la verdad es que no tengo nombre, y debería de tener uno. Flik me parece bien. Suena bonito –sorprendió a uno y a otro la rana con su decisión.
–Guaaaaaayyyyyyy. ¡Flik!, ¡Flik!, ¡Flik! –Rodrigo repetía una y otra vez el nombre con gesto triunfal.
–Vaaaaale, está bien. Flik entonces. ¿Por dónde íbamos?, ah sí, por la parte de los monstruos. Dice... Flik –Pablo se dirigió a su hermano pequeño–, que su piel amarilla de ranita es un disfraz. Que él no es así de verdad. Así que yo apuesto porque la forma auténtica de... Flik... es en realidad la de una enorme babosa, que elimina a sus enemigos con su apestoso aliento venenoso y los pinchos de sus garras –acompañó sus declaraciones con teatralidad amenazante.
Rodrigo estaba más decepcionado que asustado. Era incapaz de imaginarse a su pequeña rana exterminando mundos.
–¡Noo, Flik no ez azí! Flik ez muy wapa. Como Lucaz, ¿veldá Flik? –y en ese momento Rodrigo señaló por encima del hombro de Pablo, que se dio cuenta enseguida de la amenaza que se les echaba encima en forma de peludo cuadrúpedo.
–¡Ahí va! –exclamó Pablo mientras encaraba el problema galopante–. Lucas. Ya me había olvidado de él.
El pequeño perro, que había visto a los niños desde la puerta del garaje, trotaba hacia ellos con alegría desenfrenada. Nada ni nadie podía frenar a Lucas en su carrera. Cuatro galopes, un enorme salto, cuatro galopes y otra vez un salto. Esa era la peculiar forma en la que corría su perro mientras sus orejas ondeaban al viento.
–Despacio, Lucas, suave. Que nos vas a atropellar –Pablo se levantó para intentar apaciguarle. Temía que el nervioso Lucas asustase, o peor aún, se llevase por delante con su ímpetu a la recién bautizada Flik.
Cuando Pablo consiguió serenar a Lucas, lo condujo con mucho cuidado y sujeto por el collar hasta donde estaba su nueva amigo. Sabía que sería inútil intentar ocultárselo.
Lucas se acercó con cautela, agitando a ambos lados su rabo mocho sin cesar. Entonces sucedió algo increíble, algo maravilloso. Algo que ni en un millón de años podrían haber previsto conociendo como conocían al nervioso Lucas.
El perro acercó su hocico a la ranita para olisquearla, y al hacerlo la rozó levemente con su trufita negra. Sólo eso, nada más. Tan sólo el leve suspiro de un contacto. Al instante Lucas se tumbó jadeando, con la lengua fuera y muy relajado. Como si conociese a Flik de toda la vida. Desde luego, cosas como esa no sucedían muy a menudo con Lucas, el fiero guardián de su casa y terror de los carteros.
El perro, que era feliz tan solo con poder estar allí donde estuviesen los niños, siempre había sido considerado uno más de la pandilla, así que se sintió satisfecho con tumbarse tranquilamente para escuchar lo que todos tenían que decir.
–No somos monstruos. Por lo menos no como los que vosotros os podéis imaginar. Tan sólo somos diferentes. Pero no podríamos venir a vuestro planeta sin llamar la atención, y como la verdad es que en vuestro mundo las diferencias no son muy bien acogidas, es por eso por lo que decidimos que lo mejor era disfrazarnos.
–¿Y podrías haber escogido cualquier otro animal? –preguntó Pablo curioso.
–Pues yo creo que sí, mientras que fuese algo más o menos de este mismo tamaño. Tened en cuenta que consume un tiempo y esfuerzo enormes el poder tomar otra forma. Y eso es algo que no nos podemos permitir, sobre todo por la precaria situación del planeta del que vengo.
–¿Por qué no elegisteis otra cosa?, ¿por qué una ranita?
–Zí, algo muto máz telibe y polelozo –Rodrigo se movía de un lado a otro con los dedos de sus manos en forma de garras.
–¿Y que os asustaseis? De ninguna manera. Mi intención era que pudiéseis confiar en mí. Por eso elegí una rana. El color amarillo, sin embargo, es una elección personal. Aunque os parezca increíble, en mi mundo el amarillo no existe, y es un color tan hermoso.
–¡Pues vaya con la ranita presumida! –dijo Pablo con una sonrisa en la boca.
La hermosa mañana de verano transcurría con suavidad y el sol escalaba posiciones en el limpio cielo azul. Unos pequeños chorros de luz se filtraban entre las hojas del roble a cuya sombra se había sentado el grupo de amigos.