sábado, 23 de septiembre de 2017

ADAM

Ahora un pequeño intermedio entre tanto cosechador de estrellas. 

Sara entró en la sala de interrogatorios. Su mirada se cruzó por un instante con la del hombre que estaba sentado al otro lado de la mesa, el sargento McKenzie, al que habían citado para interrogarlo por lo sucedido en el asalto a la casa del doctor Gasan. A él solo le habían dicho que se trataba de un tema relacionado con asuntos internos. Cuanta menos gente supiera del proyecto Renacimiento, mucho mejor, había dicho Sara a sus superiores al organizarlo todo.

Bobbie McKenzie observó a la mujer en silencio. Parecía tener la mitad de sus años. Iba vestida con un impecable traje pantalón, la típica indumentaria de los de asuntos internos, y de la solapa de su chaqueta colgaba una tarjeta con un distintivo rojo que la identificaba como visitante. Bobbie se la imaginó con la melena suelta y un vestido más femenino. Seguramente había una chica guapa debajo de ese envoltorio de mujer dura.
           
Sara pulsó unos botones en la consola para activar la grabación de video, miró su reloj y comenzó a hablar.

—Son las doce horas y diez minutos del viernes, trece de septiembre de dos mil veinticinco. Soy la teniente Sara Vintas y comienzo a tomar declaración al sargento Robert McKenzie. ¿Conoce sus derechos, sargento? ¿Alguien se los ha leído?

Tomar declaración... Como si algo de lo que dijese pudiese cambiar el veredicto, pensó Bobbie. Todos lo habían juzgado ya, incluido el jefe, que a buen seguro estaría detrás del espejo, observándolo mientras comentaba con los demás capullos de asuntos internos que él, Bobbie «Gatillo Fácil» McKenzie, era la oveja negra del rebaño: indisciplinado, mujeriego, buscalíos… un caso perdido. Pero también era el mejor del equipo, y esa era la única razón por la que todavía lo mantenía en nómina. El jefe Douggie siempre hacía lo que fuese necesario para salvar el culo. Bobbie admiraba su destreza para estar en el lado correcto de la línea, o moverla en el caso de que fuese preciso. El jefe Douggie no se ahogaría nunca; aunque un tsunami acabase por arrasarlo todo, la mierda siempre flotaba.

—Sí, conozco mis derechos. Y no, nadie me los ha leído... No hace falta, no soy culpable.

Sara aguantó su mirada. Estaba acostumbrada a tratar con el exceso de testosterona en sangre. Había sido así desde que la habían reclutado para la Agencia. Aunque el discurso oficial era bien distinto, y en los titulares se anunciaba cada cierto tiempo a bombo y platillo que todo había cambiado y que la época de la discriminación por razón de sexo había pasado a la historia, en lo esencial los cuerpos especiales del ejército seguían siendo un club de hombres solo para hombres. En muchas ocasiones se sentía observada y, lo que era aún peor, tratada como mercancía. Pero de sus labios jamás había salido una queja, de nada hubiese servido en aquel mundo de hombres.  Sabía que tendría que rendir el triple para llegar hasta donde habían llegado muchos de sus compañeros masculinos, y no le importaba. Al contrario, nadar contra corriente y aún así alcanzar los objetivos que se había propuesto era muy estimulante. Ella estaba hecha de otra pasta. Ya llegaría el momento en el que pudiese hacer algo para cambiar el sistema, pero tendría que tener paciencia: eso solo podía hacerse desde dentro.

—Sargento McKenzie, ¿formaba usted parte del comando de las fuerzas especiales que asaltó el domicilio del doctor Gasan?
—¿Domicilio? Era una puñetera fortaleza, eso es lo que era.
—Responda a la pregunta, sargento. ¿Estuvo allí, sí o no? —insistió seria pero sin cambiar el tono de voz, para demostrar que no estaba dispuesta a dejarse impresionar.
Bobbie suspiró. Iba a ser un día muy largo.
—¡Sí, demonios, estuve allí!
—¿Podría contarnos su versión de los hechos, por favor? —Sara estaba acostumbrada a llevar interrogatorios y pensaba que lo mejor siempre era dejar que hablasen. Por experiencia sabía que cuanto más hablaba la gente, más vulnerable se volvía, porque más le costaba mantener la coherencia en el caso de que la historia fuese inventada.
El hombre arqueó las cejas.
—¿Desde qué momento? ¿Desde que recibimos el aviso o desde que entramos en la vivienda?
—Desde el principio, por favor.
Bobbie volvió a suspirar para dejar bien patente su fastidio.
—Ayer por la mañana, mi equipo recibió la orden de entrar en una vivienda aislada en las afueras de la ciudad. Era el domicilio en el que vivía uno de esos PCL...
—¿PCL?
—Sí, ya sabe. Uno de esos científicos a los que tenemos que vigilar día y noche después de la Guerra de Patentes. Nosotros los llamamos putos científicos locos...
—Entiendo. Continúe por favor.
—Bien. Según el informe que nos pasaron, este caso era un poco especial. El hombre llevaba recluido en su casa más de veinte años. Algo relacionado con la muerte de su esposa y su hijo en un accidente de tráfico. Y todo podría haber seguido así durante otros veinte años, de no ser porque la empresa que le suministraba alimentos una vez a la semana denunció a la policía que ese día el hombre no había respondido cuando le acercaron el pedido, y tampoco había cogido el teléfono. Al introducir los datos de la denuncia en el sistema, saltaron todas las alarmas. Ese hombre estaba clasificado como un VIP entre la comunidad científica.
—¿Le dijeron cuál era su especialidad?
—Bio... Biocibernética —dudó Bobbie—, pero no me pregunte de qué se trata porque me pierdo...
—No se preocupe —la mujer tecleó algo en la consola—. Continúe, por favor.
—Nunca habíamos visto nada igual. Aquella casa era un búnker. Ninguna ventana, una puerta blindada de quinientos kilos. Pensábamos que tendríamos que volver a la central a por material más adecuado para poder entrar, pero entonces Fritz nos dijo que siempre llevaba algo de CO4 con él, así que decidimos intentarlo. Y funcionó. Fritz es un genio en esto de las explosiones. No me gustaría verlo con los malos. —Bobbie sonrió durante un fugaz instante—. Después de reventar la jodida puerta nos vimos obligados a encender las luces halógenas de nuestros cascos, porque no había electricidad.
—Así que no fue su equipo el que cortó el suministro ¿Por qué sabe que no había? ¿Acaso lo comprobaron?
—¡No lo sé, no lo recuerdo! ¡Joder, estábamos bajo una gran presión! —el sargento se dio cuenta de que preguntas como aquellas quizás formasen parte de una táctica para hacer que perdiese el control—. Lo siento. Me imagino que alguien accionó el interruptor y los demás dimos por supuesto que la explosión podría haber destruido una parte del circuito.
—Ya, entiendo. ¿Por qué estaban tan presionados?
—¡Por favor, teniente! Después de la Gran Crisis, todo el mundo sabe que las superpotencias se miden por el peso de la materia gris de sus científicos más destacados. Los secuestros y los asesinatos de personalidades del mundo científico están al orden del día. Son el blanco de cualquier organización terrorista, y nosotros, los buenos, partimos con la desventaja de aceptar unas reglas de juego que nos perjudican.
—Todos estamos más presionados ahora, y las reglas que menciona son las del mundo civilizado...
—Las de los perdedores —gruñó el hombre con rabia—. Es un secreto a voces el destino de todas esas personas que desaparecen, y también que, si no pueden llevárselas, las eliminan.
—Volvamos a lo que nos ocupa, sargento ¿Cuáles eran las órdenes que habían recibido para este caso concreto?
—Localizar y rescatar.
—¿Únicamente?
—Solo eso...
—En ningún caso disparar...
—Por el amor de Dios, ¿por qué no nos mandan armados con tirachinas a pelear con esos asesinos invisibles? Mejor aún, ¿por qué no envían a un batallón de madres a que les tire de las orejas? —El hombre se dio cuenta de nuevo de que estaba perdiendo el control—. Por supuesto que sabíamos que no podíamos disparar a nuestro hombre, pero usted no se imagina lo que encontramos allí adentro.
—Cuéntemelo, sargento. Dígame qué es lo que encontraron allí adentro.
—Una pesadilla. Nadie estaba preparado para lo que sucedió. Recuerdo los haces de nuestras linternas perforando la oscuridad, buscando entre las sombras. Nos ordenaron desplegarnos en abanico para cubrir la mayor superficie en el menor tiempo posible. Dada la avanzada edad de nuestro hombre, cada segundo contaba. Yo elegí el pasillo que bajaba al sótano, y tuve la mala suerte de ser el que se encontró con el doctor... O lo que quedaba de él.
—¿Está intentando decirme que todo el entrenamiento al que son sometidos los miembros de un cuerpo de élite como el suyo, no bastó para prepararle para la misión de rescatar a un anciano?
El hombre le dirigió una dura mirada.
—La sala que descubrí al abrir la puerta parecía un quirófano...
—¿Por qué le dio esa impresión?
—Las paredes de la habitación estaban abarrotadas por todo tipo de maquinaria, y en el centro de la misma había algo parecido a una mesa que parecía sacada de una película de ciencia ficción.
—¿Pudo ver al doctor en ese momento?
—No. Desde mi posición tan solo pude ver que sobre la camilla había algo, pero estaba cubierto por tubos y cables. Parecía algún tipo de compleja maquinaria a medio reparar.
—Lo lógico hubiese sido informar al resto del equipo de su hallazgo...
—No, señora. Nos pagan por tomar decisiones difíciles bajo mucha presión, y asumimos que, aunque nos entrenan para evitarlo, a veces la gente muere. La situación parecía controlada. La habitación era amplia, pero estaba despejada y mis compañeros estaban buscando con urgencia por toda la casa a un hombre que podía estar en dificultades. Decidí que lo mejor era asegurar la habitación y esperar acontecimientos.
—Y entonces fue cuando lo vio.
—Sí. Me acerqué a la camilla y vi al doctor. Estaba tumbado bajo lo que a primera vista me pareció una sofisticada máquina de quirófano en forma de araña, de la que colgaban brazos articulados que sostenían instrumental quirúrgico de todo tipo. Los apéndices de la máquina estaban manchados con sangre, y recuerdo que me sorprendió el contraste del rojo sobre el acero. El pecho del hombre estaba abierto desde la barbilla hasta la ingle, y unas uñas metálicas lo mantenían separado. Cientos de tubos y cables entraban en la herida. Su cara estaba cubierta con una mascarilla como la que se usa en los quirófanos, y de los ojos y oídos salían más cables.
—Y aún entonces, ¿su primera reacción no fue la de comunicarse con los suyos?
—No tuve tiempo. Aquella cosa no me dejó pensar. En cuanto me di cuenta de quién era el que estaba sobre la mesa, me atacó.
—Dígame cómo le atacó.
—Antes de seguir adelante, quiero dejar bien claro que todos teníamos los nervios a flor de piel, ¿vale? No sabíamos con qué nos podríamos encontrar. Por la experiencia que teníamos en casos como este, su asesino podría estar todavía allí adentro, entre las sombras —comentó el sargento buscando un poco de comprensión por parte de la mujer.
—Entiendo.
—Justo cuando me acercaba a la mesa, la maldita araña comenzó a mover los brazos articulados, se desprendió del techo y saltó sobre mí. Intenté retroceder, pero resbalé con algo, supongo que con la sangre que había sobre el suelo. Tengo que reconocer que estaba aterrorizado.
—Y entonces usted le vació el cargador de su HK L5 sin ningún tipo de miramiento.
Silencio.
—¿Sabe que tenemos la grabación de la cámara de video de su casco? La imagen no se ve muy bien, porque no había mucha luz en la sala, pero se puede oír perfectamente una voz que no es la suya pidiéndole por favor que no se asustase.
—¿Cómo? No, eso no es posible... Allí no había nadie.
—¿Quiere que se lo ponga?
Sara levantó la mano para hacer una seña a alguien que estaba detrás del espejo.
El sargento bajó la vista abatido.
—No es necesario. No quiero volver a vivir esa pesadilla.
—Bien. En ese caso, eso es todo... Por el momento. Gracias, sargento McKenzie.
La mujer se levantó y se dirigió a la puerta de la habitación.
—¿Qué me pasará ahora?
—No lo sé, no está en mi mano decidir su destino —respondió ella sin volverse.
La indiferencia con la que lo había tratado durante el interrogatorio hizo que no pudiese aguantar más, y el hombre duro estalló al fin.
—Me hubiese gustado verla en mi situación, en aquella condenada habitación, a oscuras. ¿Qué demonios hubiese hecho usted entonces, señora sabelotodo?
Sara se dio la vuelta y respondió antes de cerrar la puerta.
—Me temo que eso no lo sabremos nunca, sargento, porque yo no estaba allí.

Sara entró en la sala contigua y se situó al lado de su compañero. Podían ver al sargento en la otra sala a través del falso espejo.
—¿Crees que es consciente de lo que ha hecho? —Preguntó él sin desviar la vista del cristal.
Ella lo miró.
—¿A qué te refieres? ¿A si sabe que sus disparos acabaron con una joya tecnológica  sin igual para la que el mundo todavía no tiene explicación? No me fastidies, Travis, sabes que nunca me gustaron las adivinanzas.
El móvil de Sara zumbó en el bolsillo.
—Tengo que irme. Han logrado comunicarse con la máquina —la mujer continuó cuando vio que su compañero hacía ademán de acompañarla—. No. Tú quédate aquí y termina con el papeleo.

Sara conducía su Lexus híbrido de color negro mientras pensaba en cómo había cambiado el mundo desde que la habían reclutado para la Academia, hacía ya diez años. Si entonces le hubiesen dicho que tendría que vérselas con ingenios que parecían sacados de algún cuento de terror futurista, se hubiese muerto de risa. Ahora esos temas no le hacían ni la más mínima gracia. El mundo se iba a la mierda. En la época de sus padres, lo único que les robaba el sueño era la posibilidad de que alguien pulsase el famoso botón rojo; ahora cualquier chalado con acceso a un laboratorio más o menos decente podía poner en jaque a todo el planeta. Y cada vez que se disparaba una alerta, llamaban a personas como Sara para que intentasen tapar con los dedos de sus manos desnudas los agujeros en el casco de un buque que se hundía. Pero cada vez había más agujeros que tapar. El sargento McKenzie tenía razón: los malos siempre iban por delante.

La Agencia tenía en la ciudad varios almacenes aparentemente destartalados, cuyo interior había sido reformado en secreto para convertirlos en sofisticados laboratorios dotados de la última tecnología. Era increíble para cuánto daba el dinero del contribuyente si se administraba bien. Partidas presupuestarias secretas para combatir guerras invisibles que la opinión pública no llegaría a conocer jamás. Sara se dirigió a la barrera en la que un rollizo guardia de seguridad medio amodorrado leyó la tarjeta de identificación que la mujer le enseñó y la dejó pasar. El aspecto del hombre hacía juego con las aparentemente deterioradas construcciones, pero formaba parte de una decoración pensada hasta el último detalle para no llamar la atención. Si algún curioso intentase traspasar esa barrera sin autorización, el guardia sería el menor de sus problemas.

La mujer dejó el coche en el aparcamiento de la nave dos. Una vez en el interior de la construcción, y a salvo ya de miradas indiscretas, puso la mano sobre un escáner de ADN que verificó su identidad. Después tomó el ascensor para llegar hasta la segunda planta, donde la esperaba Martin Friedman, el director del proyecto Renacimiento. El hombre parecía muy excitado.
—Verá, Sara. Nos dijo que quería ser informada en el caso de que lográsemos algún avance con Lázaro.
—Así es —Lázaro. A Sara le parecía increíble la manía que tenían los científicos de poner nombres extraños para etiquetar cada cosa que descubrían.
—Bien, acompáñeme, por favor. —El hombre se apartó para franquearle el paso y continuó hablando mientras caminaban—. En el equipo que dirijo están los cerebros más brillantes en la especialidad de biocibernética. Yo mismo fui colaborador del doctor Gasan, y en aquel entonces sólo los mejores podíamos aspirar a trabajar con él.
—Lo sé. No hubiésemos fichado a cualquiera para dirigir este proyecto, doctor. No necesita venderse, su puesto de trabajo no peligra. Por lo menos de momento.
El tono con el que Sara pronunció la frase hizo que la sonrisa en la cara del hombre se congelase. No parecía que la mujer estuviese bromeando.
—Bien, a pesar de la que la interfaz es totalmente diferente a todo lo que conocemos, y que el diseño es absolutamente innovador, hemos conseguido comunicarnos con él.
—¿Cómo es posible? No tenía ningún tipo de actividad cuando lo trajimos aquí, usted mismo lo dijo.
—Ese es el riesgo que se corre al manejar una tecnología tan extraña y maravillosa.
—Entonces...
—Voy a comenzar por lo que hemos averiguado. Primero un poco de historia: el doctor Gasan sufrió la pérdida de su mujer y su hijo en aquel accidente de tráfico hace veinte años.
—Hasta ahí llego, doctor.
—Bien. Lo que me imagino que no es tan conocido, es que su mujer murió en el acto, pero su hijo quedó en estado de animación suspendida y el doctor se lo llevó a casa para poder dedicarse a cuidarlo personalmente.
—Eso no lo sabía.
—En teoría ese fue el motivo por el que el buen doctor abandonó la vida pública y sus investigaciones. Este proyecto, Renacimiento, no es más que nuestro intento por continuar con su trabajo. Pero me temo que hasta ahora solo hemos dado palos de ciego —el doctor se detuvo ante una esclusa—. Ahora sabemos que él lo consiguió. El ser que ahora agoniza detrás de esta puerta es su hijo.
—¿Cómo es posible?
—Todavía estamos investigando. Andrew Gasan debió continuar con su trabajo en privado, y de alguna forma logró transferir a su hijo a esta máquina. Es el cerebro del chico el que está ahí dentro, y eso está fuera de toda duda.
—¿Y no pueden hacer algo por evitar que muera?
—Creemos que no. Aunque si hay alguien en el mundo capaz de hacerlo, está aquí, en este edificio, pendiente de cada señal que emitan estas máquinas. No ha salido nadie de estas instalaciones desde que ustedes nos trajeron a Lázaro.
El hombre abrió la puerta y permitió que la mujer entrase.

Habían acondicionado aquella habitación blindada y sellada para que funcionase como soporte vital de emergencia. Cientos de máquinas medían parámetros y alimentaban el cuerpo del extraño. Sara todavía no había visto a Lázaro, y quedó impresionada con su aspecto. El sargento había dicho que en la oscuridad le había parecido ver una gran araña metálica, y la mujer pensó que no había mejor definición posible para lo que estaba frente a ella. El cuerpo central de la máquina era un ovoide metálico del tamaño de un balón de baloncesto, del que sobresalían una especie de ojos con miles de facetas, como los de los insectos. De ese ovoide surgían los apéndices articulados que le daban el aspecto de artrópodo. La carcasa central presentaba multitud de impactos de bala. Si había algo que no se podía negar, era que el sargento McKenzie tenía buena puntería.
—Casi todos los apéndices tienen una función. Hemos retirado de ellos las herramientas que los hacían peligrosos y, aunque Lázaro ya no parece capaz de poder moverse, los hemos sujetado para evitar posibles sustos.
—¿Cómo saben que se trata de su hijo?
—Acompáñeme —el hombre la guió entre la maraña de cables y extremidades hasta la parte de atrás del bulbo—. Cuando llegó aquí, lo primero que intentamos fue arreglar el desastre, y para mayor sorpresa nuestra, nos encontramos con esto —y señaló una parte del casco que habían dejado al descubierto.
—¡Dios mío! ¿Eso es lo que creo que es?
—Ni más ni menos. Se trata del cerebro del chico. De alguna forma que todavía no logramos comprender, el buen doctor logró unir biología y mecánica en este ser. El doctor Gasan ha conferido vida eterna a su hijo.
La máquina pareció moverse ligeramente al oír el nombre del doctor.
—¿Puede oírnos?
—Lo dudo. Como puede ver, los daños en su cerebro son irreparables.
Sara comprobó que las balas blindadas de la HK habían hecho un buen trabajo.
—¿Y cómo se comunican con él?
—Hemos conectado un terminal a sus sensores y tecleamos nuestra conversación. Él responde en esa pantalla.
—¿Y qué es lo que dice?
—Todo está grabado y podrá revisarlo después. Al principio divagaba mucho. Ahora es más coherente en sus conversaciones.
—¿Sabe que su padre ha muerto?
—Sí. Con toda seguridad.
—Me gustaría hacerle unas preguntas...
—Por favor —el doctor señaló una de las sillas y le ofreció el teclado inalámbrico.
Sara se quedó un segundo pensativa, después comenzó a teclear.
«¿Quién eres?».
Silencio.
«Soy... Soy Adam».
«¿Por qué has matado al doctor Gasan?»
«Porque no».
Sara esperó a que la máquina continuase pero, al no suceder nada, optó por repetir la pregunta.
«¿Por qué has matado al doctor Gasan?».
«YO NO HE MATADO A NADIE. Era mi padre, él me ha dado la vida. ¿Cómo iba a matar a padre?».
«¿Cómo murió el doctor Gasan?».
«Ustedes lo mataron».
«Explícate».
«No tengo necesidad de explicarme. Son ustedes los que tienen que dar explicaciones de sus actos».
«Queríamos salvar a tu padre. Entramos en la casa porque temíamos por su vida».
«Padre estaba enfermo. Su cuerpo se moría, pero él podría haber sobrevivido. Ustedes arrebataron la posibilidad de que padre fuese inmortal. Estaba a punto de ofrecerle el mismo regalo que él me había hecho a mí. La eternidad».
—¿Es posible que todo sucediese así doctor?
—Es posible. Junto a la cabeza del doctor encontraron otra máquina idéntica a Lázaro, pero todavía vacía. Sospechamos que estaba tratando de transferir el cerebro de su padre a un nuevo cuerpo mecánico, y el equipo de las fuerzas especiales interrumpió el proceso. Acerca de la enfermedad del doctor Gasan, todavía estamos esperando la autopsia, pero Lázaro no tendría por qué mentirnos. No tendría sentido. Para ser sincero, creo que podrían haberlo conseguido.
El móvil de Sara volvió a zumbar. La mujer miró la pantalla. Era el asesor presidencial. Una de esas llamadas que no podían acabar en el buzón de voz. La mujer levantó el móvil a modo de disculpa y salió de la sala con urgencia buscando un sitio donde poder hablar con algo de intimidad.

El doctor miró a la máquina moribunda con reverencia y pasó su mano por el metal pulido, acariciándolo. Martin no tenía mujer ni hijos, porque había consagrado su vida a la ciencia, y envidiaba a aquellos que tenían la capacidad de compaginar ambas cosas. Más aún si se trataba de uno de los mayores genios de la humanidad. Gasan los había dejado huérfanos cuando decidió retirarse del proyecto. Muchos años después de su desaparición, todos los caminos que habían emprendido habían terminado en callejones sin salida. Tanto era así, que las voces más críticas dudaban de que el mismísimo Gasan hubiese sido capaz de terminar con éxito su investigación. ¡Qué ironía! Ahora que tenía frente a sus narices la prueba palpable de que Renacimiento era viable, se moría. ¿Cuánto tiempo tenían? Nadie era capaz de responder a esa pregunta. Quizás dentro de unas horas, o unos minutos, ya nadie fuese capaz de interpretar la solución al problema.

Unos pitidos agudos lo devolvieron a la realidad. Las máquinas que medían las constantes vitales de Lázaro comenzaron a dar señales de alarma. La cara de Dimitri, que estaba realizando pruebas a una biopsia de tejido cerebral en la sala contigua, apareció en la pantalla de video preguntando qué era lo que sucedía. Las alarmas le habían dado un susto de muerte.
—¡Rápido! —le dijo Martin—. Avisa a los demás. La situación se está volviendo crítica.

Cuando el rostro enjuto de Dimitri desapareció, algo llamó la atención de Martin al otro lado de la sala. En la pantalla comenzó a dibujarse una frase. Las letras aparecían lentamente y alguna de ellas estaba cambiada de lugar, pero aún así el mensaje se entendía perfectamente.
«Ha llegado mi hora. Me muero».
El doctor se sentó en la silla y tecleó con urgencia.
«Aguanta. Vamos a salvarte. Mis compañeros están en camino».
«No hay tiempo, es inevitable. Ustedes no tienen el conocimiento y yo no tengo las fuerzas. Pero aún hay una cosa que me gustaría hacer antes de morir».
La fría interpretación que hacía Lázaro de su situación impresionó al doctor, que tecleó la siguiente frase como si fuese el hijo que no tenía el que yaciese en el lecho de muerte.
«¿En qué puedo ayudarte?».
«No recuerdo cómo es la luz del sol».
«No te entiendo».
«Me gustaría ver el sol por última vez».
El doctor estaba apunto de teclear que lo sentía, que eso era imposible, pero las lágrimas nublaron su vista y se vio obligado a quitarse las gafas para secar los ojos con un pañuelo. En ese instante se dio cuenta de que estaban solos. Quizás fuese una locura, pero recordaba a los hombres que trajeron a Lázaro decir que era sorprendente lo poco que pesaba. Quizás, y solo quizás, él fuese capaz de satisfacer el último deseo de un moribundo.

Obedeciendo un impulso más humano que científico, Martin comenzó a desconectar a Lázaro de las máquinas. Los oídos del hombre descansaron cuando los estridentes pitidos cesaron. Después liberó los apéndices uno a uno, tomó el ovoide en brazos con el mismo cariño con el que lo hubiese hecho con un recién nacido y soltó el arnés que lo sujetaba. El doctor se dirigió a la puerta, que se abrió con un siseo después de unos interminables segundos, y salió con Lázaro de la cámara de aislamiento. Los apéndices de Lázaro colgaban fláccidos y arañaban el suelo tras ellos mientras Martin se dirigía al ventanal más cercano. La cálida luz del sol atravesaba los limpios cristales blindados. Martin acomodó mejor el cuerpo de Adam en sus brazos para orientar lo que suponía eran los ojos hacia la claridad.

Sara caminaba de vuelta por los pasillos a la vez que tecleaba en la pantalla del móvil y, cuando levantó la vista y vio al doctor frente al ventanal, detuvo su caminar y dejó caer el teléfono al suelo. Aquello no debería estar sucediendo.

Martin estaba frente a la cristalera, en el pasillo, y en sus brazos acunaba a Lázaro como si fuera un bebé. El cuerpo metálico del ovoide supuraba un líquido marrón que resbalaba en delgados hilos por los pantalones del doctor y, al llegar al suelo, comenzaba a deslizarse como si fuese mercurio con vida propia, buscando las imperfecciones en la construcción para desaparecer de la vista.
—Dios mío, ¿qué he hecho? —murmuró el doctor en cuanto se dio cuenta de su error.
—Dios ya no tiene nada que ver en esto, doctor —respondió Adam con voz metálica, y después expiró.

Adam lo había planeado todo al milímetro desde que lo habían arrancado de su hogar, desde que los extraños habían asesinado a su padre. Durante el traslado a esa apartada zona de la ciudad, había creado cuatro copias de sí mismo y las había transferido, de forma fraccionada, a los billones de nanorobots del tamaño de una molécula que circulaban por su sangre, el mismo líquido marrón que ahora fluía por las entrañas del laboratorio. En la sala de aislamiento las posibilidades de lograr su objetivo eran escasas, pero fuera de la sala blindada no tendría problema en conseguirlo. Por eso había engañado al doctor con su última petición, cuya única finalidad era la de poder salir de la sala de aislamiento una vez que los preparativos en el interior de su cuerpo habían concluido. Cada uno de aquellos robots moleculares sabía cómo tenía que volver a unirse para reconstruirlo de nuevo. Después, Adam se introduciría en el circuito de fibra óptica que conectaba el laboratorio con el exterior y, una vez que alcanzase las autopistas de información, desaparecería. Estaría en todas partes y en ninguna. Podría controlar a todas y cada una de las máquinas del planeta. Nadie podría hacerle daño nunca más. Aquellas criaturas imperfectas aprenderían a respetarlo y a temerlo, y solo sería benevolente con ellas mientras acatasen sus normas y lo reverenciasen como si fuese un nuevo Dios.


El único Dios.