sábado, 13 de enero de 2018

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS (34): LA REACCIÓN

Rodrigo pensaba que Uno era muy guapo, y eso para él era sinónimo de bondad y de persona en la que se podía confiar. Les había dejado jugar a los dos y se lo estaban pasando genial. Pelayo, a su lado, se agitaba de forma espasmódica y gritaba de emoción. El pequeñín accionaba la parte del mando que quedaba a su alcance como podía, y como consecuencia de sus órdenes el bólido se movía con impulsos erráticos e impredecibles.
Hacía mucho tiempo que Rodrigo no se lo pasaba tan bien. En casa eran muy pocas las ocasiones en las que Pablo le dejaba jugar con la consola. Y para Pelayo era la primera vez.
–¡Mola pila!
–¡Gaaaaaa!
Cuando Rodrigo se giró, no lo hizo porque pudiese oír a su hermano mayor, eso era imposible con el rugir del motor y los densos ruidos de la selva a su alrededor, pero algo dentro de su cabeza de sugirió que lo hiciese.
Y se asustó. No esperaba encontrarse con su hermano y con Flik tan cerca. Además su conciencia no estaba del todo tranquila, ya que se consideraba un poco culpable por haber desaparecido sin avisar.
Pablo parecía enfadado. Gritaba y golpeaba la pared invisible con mucha fuerza.
Y eso fue precisamente lo que tranquilizó a Rodrigo. La pared invisible. Nadie podía alcanzarles mientras estuviesen allí sentados.
Cuando todo acabase y la protección desapareciese… eso ya sería otra historia. Pero por ahora lo mejor que podía hacer sería disfrutar del momento. Quizás el enfado de su hermano desapareciese un poco más tarde. Así que Rodrigo, que era muy listo, optó por hacerse el loco y se limitó a saludar con la mano a su hermano mayor.
Pero, más allá de la barrera de protección, su hermano continuaba gesticulando de forma desesperada y señalaba a un punto en la pantalla, por encima de su cabeza.
Rodrigo miró hacia donde su hermano quería que lo hiciese y se quedó boquiabierto.
Entre la verde espesura de la selva, podía ver cómo algo enorme se acercaba y desplazaba la vegetación a su paso. Se movía muy rápido. Rodrigo no acababa de fijar la vista en lo que estaba por llegar, porque Pelayo seguía aporreando el mando sin control, y el bólido avanzaba trazando bruscas eses que le mareaban.
–¡Pelalo, gila tolo!, ¡tolo! –le ordenó Rodrigo a su hermano menor, para poder ver la amenaza a la que se enfrentaban.
Pelayo parecía incapaz de darse cuenta del peligro que les venía encima, así que Rodrigo le arrancó el mando de las manos le dejó estupefacto. El bólido entonces detuvo su alocada marcha y se congeló en una tensa espera.
Lo que fuese que se acercaba a su posición continuó apartando enormes árboles a su paso como si fuesen palillos. Al final, el monstruo salió de la espesura de forma violenta. Se trataba de un inmenso bulto cubierto casi por completo de la vegetación que había arrancado en su camino. Expulsaba un denso humo negro con enormes resoplidos de dragón.
A Rodrigo le recordó al elefante loco de aquella película de Tarzán, “La venganza de los hombres cocodrilo”, que había salido de la espesura de la selva aplastando a todos los que había encontrado en su camino.
–¡Ambaguashita! –gritó, de igual forma que lo haría su héroe, para tratar de controlar la situación.
Tarzán nunca se equivocaba. Así que una vez lanzado el grito de guerra, tiró de la dirección del bólido hacia la derecha y aceleró a fondo. Justo en ese momento, los chicos escucharon un siseo sibilante que sólo uno de los dos sabía a qué se correspondía.
<<Pfffffff>>.
–Pel-lón Pelalo –pidió disculpas de forma automática Rodrigo sin mirar a su hermano, después del incontenible escape de gases que había brotado de su retaguardia, fruto de la emoción del momento y de haber invertido poco tiempo en masticar adecuadamente la comida.
Como el mando de control estaba al revés, su bólido realizó un espectacular trompo a la izquierda y se detuvo. Ahora que por fin había situado su vehículo en el sentido correcto, Rodrigo sabía que era lo que tenía que hacer para huir del monstruo que se acercaba por detrás. Correr más que él. Y si de algo estaba seguro, era de que en una carrera nadie sería capaz de ganar a su bólido.