domingo, 8 de julio de 2018

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS (48): LA HISTORIA DE FLIK

Al principio de nuestra relación, cuando os conté el problema de mi mundo, os dije que nuestra raza llevaba muchos siglos de los de vuestro tiempo tratando de demostrar a las máquinas, a través de La Prueba, que éramos los legítimos herederos de Los Creadores. Pero lo que todavía no os he contado es el motivo por el que llegamos a la Tierra de entre un Universo con tantos mundos habitados. Tantos como granos de arena tiene vuestra playa de San Lorenzo. Sí, es cierto Pablo, el Universo es infinito, y nosotros jamás habríamos llegado siquiera a sospechar de vuestra existencia de no ser por lo que os voy a contar a continuación.

Muchísimo tiempo después de que comenzase nuestro conflicto, llegó el día en el que nos dimos cuenta de que no podíamos ganar La Prueba. Sabíamos que igualar la contienda una y otra vez tan sólo llevaría a nuestro mundo a la destrucción por agotamiento, ya que no podría sobrevivir sin la colaboración de las máquinas. Pero cuando les hicimos llegar nuestras apocalípticas conclusiones, y les suplicamos que cambiasen su forma de proceder por el bien de todos, ellas respondieron sin dudar que no recibirían órdenes de nadie. A no ser que demostrásemos ser Los Creadores.

Imagínate nuestra desesperación cuando supimos que no teníamos alternativa. Que para que todo volviese a funcionar de nuevo, necesitaríamos vencerlas en una Prueba que no podíamos ganar.

Ese fue el momento en el que mi pueblo me encomendó la urgente misión  de recorrer el espacio conocido en busca de ayuda. De alguien que supiese qué hacer para evitar que sucediese lo que parecía inevitable, que este mundo y toda la vida que contenía pereciese.

Con aquel enorme peso, y la esperanza de poder encontrar la salvación que todos necesitábamos, partí hacia los confines del Universo, dispuesto a dejar mi vida, si fuese preciso, en el empeño. Pero después de muchos y agotadores viajes, me daba cuenta de que el tiempo pasaba y ninguno de los amigos a los que había conocido era capaz de aportar la solución que mi pueblo necesitaba.

En el último de mis desplazamientos, cuando la locura casi se había adueñado de mi juicio debido al más que probable fracaso de mi misión, ni siquiera me di cuenta de que un par de saltos atrás había tomado un camino equivocado. Había aparecido en una zona del espacio nueva y desconocida para los de mi especie. Nunca antes me había encontrado en un lugar tan vacío de estrellas. Nunca antes había contemplado un espacio tan yermo.

Habíamos oído hablar a los más antiguos de otras razas de las zonas oscuras, lugares del Universo habitados por unas crueles criaturas llamadas los Tejedores de Sombras. Esos seres, como vuestras arañas, tienden sus pegajosas redes en el espacio, y ejercen una fuerza tal a su alrededor que ni la luz puede escaparse de su atracción. Nosotros, que somos grandes estudiosos del cosmos, no le dábamos más credibilidad a estas historias que a los cuentos fantásticos que están presentes en todas las civilizaciones y que vosotros, por ejemplo, denomináis leyendas. Pero tan absorto estaba en la consecución de mi objetivo y con tanta urgencia lo buscaba, que no fui consciente del lugar en el que emergía de mi viaje hasta que los primeros zarcillos de sólida oscuridad me envolvieron.

Lo curioso es que lo primero que vino a mi pensamiento no fue el riesgo que corría mi propia existencia, si no que al final no podría hacer nada por evitar el fracaso de mi misión y que mi mundo estaría sin duda sentenciado.
Intenté escapar, forcejeé. Luché con mis escasas fuerzas, por mí, y por todos aquellos que había dejado atrás y esperaban expectantes mi regreso, pero la corriente que me arrastraba era demasiado fuerte y al final, cansado y muy cerca del colapso total, me rendí.

Mi pueblo, Pablo, utiliza sentidos con los que podemos percibir cosas que vosotros aún no podéis apreciar. Durante aquel trayecto, en la más absoluta oscuridad, asistí impotente a la mayor demostración de poder, muerte y destrucción, que alguien pudiese imaginar. Había cantidades ingentes de vehículos espaciales, varados y envueltos en tentáculos como aquellos que me mantenían prisionero y me arrastraban. Naves de formas imposibles, brillantes y estilizados bajeles, amenazadores navíos de guerra del tamaño de planetas… Casi todas pertenecientes a civilizaciones desconocidas por nuestra especie. Quizás provenientes de mundos desaparecidos ya. Al mismo tiempo, también colapsaba mis sentidos el eco torturado de los millones de vidas arrebatadas antes de tiempo.

¡Y nosotros nos jactábamos de dominar el tiempo y el espacio! ¡Qué pequeños e insignificantes parecían los logros conseguidos por mi pueblo, en comparación con tan enorme despliegue de poder!

El dolor por todo aquello que contemplaba, y que se reproducía a mi paso como una muestra del horror que había sucedido en aquel punto del espacio, se hizo insoportable. Saturó mis sentidos. En más de una ocasión estuve a punto de perder el conocimiento. Pero al final, y no sin gran esfuerzo, pude resistir y permanecer consciente todo el tiempo que duró aquel aterrador viaje. Cuando la corriente se detuvo, supe que al fin estaba ante él. Ante el Tejedor de Sombras. No pude verle, porque apenas se diferenciaba de la oscuridad que le rodeaba, sin embargo pude sentir su enorme poder, su falta de sentimientos de piedad o de escrúpulos. El peso de la eternidad de su existencia.

La Criatura no necesitaba disfrazarse y se mostró tal cual era. Cuando comprobó mi estado de agitación, me tranquilizó al instante diciéndome que su intención no era la de hacerme daño, que precisaba convertirme en mensajero de su conocimiento.

Yo estaba sorprendido, porque después de todo lo que había presenciado, y que según él había sido inevitable, no me esperaba en absoluto ese recibimiento. Pero de alguna forma yo sabía que era verdad. La Criatura no necesitaba engañarme. Si hubiese querido hacerme daño, yo no habría podido evitarlo, puesto que desde el primer momento había estado a su merced. Así que, después de tranquilizarme, comenzó por hacerme saber que esperaba mi llegada. También me dijo, con crípticas palabras, que me daría la solución para el problema que me afligía sin pedirme nada a cambio, pero que debía saber que el mal que atemorizaba mi mundo tan solo era una pequeña parte de un problema mucho mayor. Algo que amenazaba con sembrar el caos en el Universo y que, de suceder, acabaría con el orden conocido. Una situación que podría poner en peligro hasta su propia existencia, pues los tiempos de fin se acercaban y la madeja del destino desenliaba sus hilos demasiado despacio como para poder preverlo todo con la antelación suficiente.

Yo todavía no había pronunciado una palabra, Pablo, pero no hizo falta. Asistí atónito a la más extensa demostración de conocimientos que pudiese imaginar, acerca del problema que me había obligado a viajar desde mi mundo hasta aquel confín del Universo.

Tras su exposición inicial, la criatura me contó que la solución a mi problema se hallaba en un pequeño planeta de una galaxia menor. En el borde exterior del Universo. En un mundo que sus habitantes denominaban la Tierra. Fue él quien me dijo con quien debía de contactar y cómo debía de hacerlo.

Sé que todo esto te parece increíble, Pablo, pero me contó cosas que sólo con el transcurso del tiempo se han demostrado ciertas. Cosas que aquella criatura no podía conocer de ningún modo, salvo que pudiese ver lo que estaba por venir.

Me dijo, por ejemplo, que me ayudaríais y que me llamaríais Flik. Que las máquinas, en su locura megalomaníaca, aceptarían al nuevo retador, y que antes de finalizar La Prueba acabaríais pidiendo nuestra ayuda, con lo que muy pronto podría devolveros el favor. Sin darme más explicaciones al respecto, porque se me revelarían más adelante, fue tajante al ordenarme que no debía involucrar bajo ninguna circunstancia a los adultos de tu especie. Pero también me dijo que no tuviese temor de contar con vosotros, a pesar de vuestra reducida trayectoria vital, porque todos erais piezas fundamentales y estabais destinados a jugar un papel decisivo, aunque todavía no podía saber cual, en la salvación del Universo.

También me contó cosas que aún no se han cumplido y que no sé cómo interpretar. Como que erais tres pero que pronto seríais cuatro, y un aluvión de detalles extra que no me dejaron duda alguna acerca del profundo conocimiento que aquel ser tenía de la situación.

No me preguntes cómo, pero supe que aquello que estaba oyendo era cierto. Que no había mala intención ni engaño en las palabras de la Criatura.

Nada más terminar me obligó a irme de sus dominios, puesto que me contó que sentía un hambre desmedida y que estaba haciendo un enorme esfuerzo por no alimentarse de mí. Así que me empujó con una enorme fuerza al espacio. Muy lejos de su atracción.

¿Qué podía hacer yo entonces?

Estaba desesperado. Había agotado todas las posibilidades y sabía que ya no me quedaba tiempo. Por esa razón decidí partir en busca de la Tierra, porque no tenía nada que perder.

Y el resto de la historia ya lo conoces.