sábado, 10 de enero de 2026

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS (59): LA CALMA QUE SIGUE A LA TORMENTA

En ese momento apareció Carlos, que había escuchado las voces de los chicos. Inmediatamente se puso del lado de sus amigos.


—¡Vaya! —dijo satisfecho el más listo de los gemelos, al apreciar el guiño de la fortuna que les permitiría cascarles a todos a la vez—. Ya estamos todos. La familia feliz. ¿Por dónde íbamos?


De repente a Sara se le ocurrió una brillante idea que quizás funcionase con aquella iluminación tan mermada de la planta baja. Si su plan salía bien, cambiaría para siempre lo que Pablo pensaba de ella y la redimiría de su metedura de pata anterior, cuando despeñó a la rana.


—Oye, Pablo, ¿esa no es la rana que te trajo tu tío de Brasil?


Los gemelos dirigieron su atención a la niña, que continuó hablando para evitar que sus amigos la descubriesen por error.


—¡Sí, caramba! ¿No es esa que cuando se pone nerviosa, y antes de atacar, cambia de color?...


Pablo y Rodrigo se interrogaron con la mirada preguntándose si la chica no habría perdido el juicio con la tensión del momento. Carlos, que acababa de llegar, no acababa de enterarse de qué iba la fiesta. Pero a Flik no le hicieron falta más explicaciones. Los dos gemelos fijaron su vista en la rana amarilla que sujetaban, a la vez que escuchaban con atención a la niña.


—... ¿Y primero aparecen en su cuerpo unos ligeros matices rojizos?...


Los gemelos asomaron la rana a la exigua luz y se obró el milagro. Sara, que había sido muy comedida con los colores y sólo pretendía sembrar confusión con ayuda de la escasa iluminación, comprobó atónita cómo Flik se había vuelto completamente roja. Nadie más que Pablo y Rodrigo sabían que Flik era capaz de hacer eso y mucho más. Sara se envalentonó y decidió arriesgarse un poco más.


—... ¿Luego verde? ...


Flik cambió a verde.


—... ¿Y luego azul?...


Flik cambió a azul con la velocidad de un semáforo. Los gemelos no daban crédito a lo que estaba pasando. A duras penas conseguían sostener aquella rana, con mucho asco y un principio de pánico, entre sus manos. Querían correr, pero estaban paralizados por el miedo. Sara decidió dar un paso más.


—... ¿Y por fin, y antes de escupir su veneno mortal, le aparecen unos bultos negros y verrugosos en su espalda?


Los bultos negros fueron demasiado para aquel par de bestias, que salieron corriendo de la casa abandonada como si hubiesen visto a un fantasma. Gritaban pidiendo ayuda porque les picaba todo el cuerpo.


—Gracias Sara —dijo con sinceridad Pablo, y le dio un espontáneo beso en la mejilla, antes de recoger a Flik del suelo, que volvía a ser amarilla.


Sara, que se había tomado aquello como algo más que un simple beso, por primera vez se sintió verdaderamente integrada en el grupo. Todo había salido a la perfección, de un único golpe habían recuperado a Flik y también habían desactivado la amenaza de los gemelos.


—No ha sido nada. La verdad es que todos somos un poco sugestionables. Hasta a mí me pareció ver cómo tu rana cambiaba de color a medida que yo lo mencionaba.


—Sí, la verdad es que a mí también me dio esa impresión—intervino Carlos.


—¿No será peligrosa verdad? —insistió Sara.


—En absoluto —contestó Pablo a sus amigos entre risas.


Pablo ya no quería más sorpresas por aquella tarde y se llevó a toda la tropa de la casa abandonada. Carlos sabía que Pablo no tenía tíos en Brasil y no se separó de él mientras caminaba.


—¿Y dónde dices que encontraste a esa rana tan guay?


—Pues... hoy por la mañana, en la charca —respondió Pablo al referirse al estanque de peces dorados que tenían en la parte de atrás de su casa —. La verdad es que no sé de donde salió.


—Luego no es realmente tuya. Puede ser de cualquier niño que la haya perdido.


—Bueno... lo único cierto es que tampoco es tuya —ni de nadie, pensó Pablo. Aunque se dio cuenta de que para Flik todavía era conveniente que siguiese defendiéndola como de su propiedad—, y fuimos nosotros los que la encontramos, ¿verdad Rodrigo?


—Zí, ez cielto.


Flik permanecía atento a la conversación en la que se debatía su futuro.


—Oye, Pablo. Sabes que me debes más de una, no creo que necesite recordártelo. Te cambio la rana por la espada araña —no era una pregunta. Cuando Carlos hablaba así, no admitía un «no» por respuesta.


—No.


—La espada araña y la colección de cromos de la Liga, con todos los repes —Carlos observó la cara poco convencida de Pablo, y antes de terminar de hablar subió la oferta— y la de «Power Z» también.


—¿La de «Power Z» también? —Pablo detuvo su caminar.


La voz de Pablo tembló ligeramente. Eso era signo evidente de que la solidez de su determinación inicial estaba empezando a

resquebrajarse. 


Oh, oh, pensó Flik al darse cuenta de en qué poco estaba valorada.


—Flik tambén ez mío —dijo Rodrigo, cuando fue consciente de la momentánea flaqueza de espíritu de su hermano— y no lo cambio.


Aquel fue el apoyo que Pablo precisaba para reafirmarse en su decisión inicial.


—No insistas, Carlos, que no está en venta.


—¡Croaaaaá! —croó Flik dando las gracias y respirando al fin aliviada.


Carlos, que no era precisamente de los que se daban por vencido con facilidad, todavía iba a decir algo más, pero en ese momento sonó la voz de la madre de Sara llamándola desde su casa.


—¡Saaaaaara!, ¡a cenar!


En el barrio era costumbre habitual que se llamase a los niños sin conocer su ubicación concreta, porque éstos nunca se iban más allá del alcance del grito de una madre.


—¡Voy, mamá! —respondió la niña, y se giró hacia Pablo.


La niña esperaba una señal.


—Nos vemos mañana, Sara. Tengo muchas cosas que contarte.


—Muy bien, mañana os veo, muchachos —les dijo Sara, y desapareció muy contenta en dirección a su casa.


—¡Caramba! —dijo Carlos sorprendido— ¡si ya son las siete! Es la hora de la clase particular. Si no llego a tiempo esta vez mi madre me mata.


Carlos desapareció aún más rápido que Sara, saltando la valla que separaba las dos casas. Pablo sabía que Carlos no era lo que se podría decir precisamente un chico demasiado aplicado en los estudios, y que siempre dejaba alguna asignatura para septiembre. Su madre contrataba todos los años a un ejército de expertos en recuperación de causas perdidas, para que su hijo no perdiese la saludable costumbre de estudiar durante el verano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario