sábado, 14 de febrero de 2026

LOS COSECHADORES DE ESTRELLAS (60): ¿DÓNDE ESTÁ LUCAS?

Pablo, Rodrigo y Flik se miraron entre sí.


—¿Estás bien Flik?


—Cro... digo sí.


Los tres se rieron como niños. De forma abierta y sincera.


—Chicos, no me gustaría que acabase el día de hoy sin deciros una cosa más —les anunció Flik con tono misterioso.


—Flik, ¡que no me caben ya más sorpresas en el cuerpo...!—le respondió Pablo.


—Se trata de algo que me quedó pendiente de contaros cuando os hablé de mi visita a la Zona Oscura. Veréis, el Tejedor también me contó que no pasaría mucho tiempo sin que tú, Pablo, tuvieses que comparecer ante él.


Los dos chicos se quedaron boquiabiertos.


—¿Quién ez el ozculo Tekelol? —logró articular Rodrigo.


—Ya te lo cuento todo luego —le respondió Pablo.


—Demonioz, ya estáiz como loz mayolez. No me entelo de nada.


—¡Calla un poco, por favor, Rodrigo! Pero... pero... Flik te aseguro que no entiendo nada... me estás asustando.


—Como te decía antes, nosotros tampoco sabemos que es lo que está pasando. Lo único que te puedo asegurar es que permaneceremos atentos a cada movimiento que se produzca a vuestro alrededor. Siempre estaremos a vuestro lado para ayudaros en la lucha contra lo que quiera que se atreva a enfrentarse a los mundos libres que habitamos. Pero por ahora creo que lo mejor será no preocuparse más por estas cosas e intentar descansar un poco. Os lo habéis ganado. Mañana seguiremos hablando de todo esto. Ahora volved a vuestra casa. Vuestros padres pueden empezar a preocuparse.


—Flik, en cuanto a Lucas...


—Dejad que Uno haga su trabajo. No le molestéis. Si hay alguien que puede hacer algo por vuestro amigo, ese es Uno.


—Está bien, pero no sé qué le vamos a decir a papá y a mamá cuando nos pregunten por él.


—Tomadlo como una nueva misión. Estoy convencido de que se os ocurrirá algo. Ahora he de irme, es la hora. También me espera una familia allí de donde vengo.


Los niños dejaron a Flik frente al portal, al pie del rugoso roble, y se quedaron esperando hasta que las cortinas del espacio tiempo se detuvieron. Rodrigo golpeó con sus nudillos la superficie del árbol allí donde Flik había desaparecido.


—Ez pala zabel zi ze había dekado la puelta abielta.


Este es mi hermano, pensó Pablo, y le dio un abrazo por sorpresa. Uno de esos de tipo asfixiante.


—¡Rodrigo!, ¡Pablo! ¡A bañarse! —Macarena les llamó desde la ventana.


Los niños se escondieron instintivamente, para intentar prolongar lo inevitable y conseguir más tiempo con el que urdir un plan creíble. Pero fue en vano.


—¡Vamos, que os he visto detrás del roble! No tardéis, que tenemos que darle la cena al chiquitín —les desarmó desde la distancia Macarena.


—Bueno Rodrigo, ya no tenemos escape, nos han visto. Piensa algo mientras llegamos a casa.


—Podíamoz decil que eztá en el cielo —Rodrigo tenía ganas de ayudar aportando soluciones.


—No va a colar.


—En el cielo de los peloz.


—Perros. Se dice perros. A ver repite conmigo. Peeeeerrooooos.


—Peeeee loooooz.


—Anda déjalo. Ven aquí y deja que te de un beso.


Los niños llegaron remoloneando a la casa, cabizbajos, con el propósito de aprovechar el momento en el que no hubiese moros en la costa, abrir la puerta de la cocina y subir como exhalaciones al baño. Pero éste no era su día de suerte, porque al acceder a la cocina, se dieron de bruces con quien menos contaban, con su padre. El que nunca estaba.


—¡Hola, papá!, ¡qué sorpresa! —dijeron los dos sospechosamente al unísono.


—Hola, chicos —respondió su padre al saludo.


—¡Ah!, estáis aquí —dijo su madre, que entraba también en ese momento en la estancia con Pelayo en sus brazos—. ¡Qué obedientes sois! Subid a la bañera que ahora os lleva papá las toallas.


—Vale, bien.


—Un segundo, un segundo. Alto todos —les detuvo en seco su padre—. Estoy intentando localizar a Lucas, pero no está en su camita. ¿Le habéis visto vosotros?


—A lo mejor se puso bueno —Pablo miró a los ojos de su padre.


—Eso está descartado, cielo —le respondió su padre con cariño y agachándose hasta su altura, porque sabía lo mal que lo estaban pasando los chicos—. Lamentablemente la enfermedad que tiene Lucas es muy mala e incurable...


Rodrigo, que no sabía mantener la boca cerrada, y además era incapaz de mentir, explotó.


—Veláz papá, mamá. Una lanita que no ez de quí, noz lo levó leeeecoz, leeecoz, muy lecoz, pala vel zi alegaba Lucaz —cogió aire ante la mirad atónita de su hermano—. Entoncez un lobót beno, muy beno, que ez Nuno, ve zi alega Lucaz, y luego tae y vuelve con Loligo cuando Lucaz ta beno ota vez.


Silencio general. Pablo cambiaba la vista de su padre a su madre.


—Y ese robot bueno, Rodrigo, ¿por dónde dices que se llevó a Lucas? —continuó su padre.


—Pol aquí papá. Mila, mila. Ven, ven.


Rodrigo tironeaba de la manga de la camisa de su padre mientras éste le preguntaba a su mujer qué hacer con la mirada. La verdad era que los niños no venían al mundo con instrucciones, y era muy difícil saber qué hacer en momentos como aquel. En la fantasía creada por la pequeña cabeza de Rodrigo, a Lucas se lo había llevado un robot bueno para arreglarlo. Cuando llegasen al lugar al que Rodrigo se refería, y se encontrasen con que no estaban ni el robot, ni Lucas, ¿cómo podría ayudar a superar la decepción de su hijo? Pero Rodrigo era terco como una mula y seguía tirando con insistencia de la manga de la camisa, amenazando con romperla. Su padre decidió seguirle y se incorporó para dejarse guiar por su hijo.


Pablo recordó las palabras de Flik en las que pedía que no le descubriesen, y sobre todo aquellas últimas en las que insistía en que dejasen a Uno trabajar solo.

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