—Bueno, papá —dijo— lo que Rodrigo quiere decirte es que estuvimos jugando a marcianos, y yo era uno que encontraba la cura a la enfermedad de Lucas.
Su padre sonrió al pasar a su lado.
—Ojalá, Pablo. Ojalá —le oyó decir Pablo.
La fuerza sobrehumana con la que Rodrigo tiraba hizo que su padre pasara de largo, en dirección a la ventana del salón, desde donde se veía el viejo roble.
—¿Vez papá?, ¿vez? Alí ta Lucaz.
—¿Dónde hijo?
La tarde llegaba a su fin y las sombras se alargaban. El sol, cada vez más bajo, a duras penas lograba iluminar el lugar que Rodrigo señalaba con el dedo.
—Alí papá, alí —Rodrigo se desesperaba.
Cuando Pablo y su madre, que llevaba a Pelayo en brazos, les alcanzaron, todos dirigieron la mirada a donde Rodrigo señalaba con insistencia. Todos, hasta el chiquitín, miraron por amplio ventanal intentando distinguir algo entre las crecientes sombras.
Y fue entonces cuando sucedió el milagro.
De entre la espesura, de entre la oscuridad que como boca de lobo se tragaba poco a poco cada rincón de la finca, surgió de repente una bala de color canela. Sus orejas subían y bajaban como banderas al ritmo de su trote. Un galope al compás de cuatro por cuatro.
No cabía duda alguna. Aquella bola de pelo sólo podía ser Lucas.
La familia entera no daba crédito a lo que estaba viendo, pero todos tardaron muy poco tiempo en reaccionar. Salieron al jardín, atropellándose unos a otros en desordenada estampida, para saludar a su viejo amigo que, en apariencia, se encontraba como en sus mejores tiempos. Como si hubiese renacido de sus cenizas.
A la luz de los faroles del jardín, Lucas, muy nervioso, apenas se dejaba acariciar por la excitación del momento. Mientras ladraba y ladraba de alegría, Pelayo, con sus primeros pasos, intentaba coger sus peludas orejas. Pero Lucas le empujaba y el chiquitín caía de culo sobre el césped, para mayor regocijo suyo y de todos los presentes.
En ese momento Macarena llegó para unirse a la fiesta. Llevaba una gran cacerola en sus manos.
—¡Vale! Me alegro de que todo el mundo esté tan contento, pero ¿puedo saber quién ha echado toda esta hierba en el pollo adobado? —preguntó a los presentes, mientras mostraba el interior de una olla en la que, entre hierbas y más hierbas, asomaba tímidamente algún trozo de pollo.
Silencio.
Las miradas de todo el mundo se detuvieron sobre Rodrigo, que siempre tenía más papeletas que los demás cuando se trataba de determinar la autoría de sucesos como aquel.
—Puez. Fui yo Malaquenita —respondió Rodrigo, con sus manos a la espalda y avanzando un paso hacia el cuerpo del delito.
Rodrigo todavía no entendía qué había hecho mal, pero por el tono de voz de Macarena sabía que algo no estaba del todo bien. Así que su afinado instinto de la supervivencia le aconsejó que lo mejor sería adoptar una actitud sumisa, tono de voz lastimero, y lo más importante de todo, llamar a Macarena por su apodo cariñoso. Algo que, dado el afecto que sentía Macarena por los niños, habitualmente la desarmaba.
—¿Y puedo saber por qué hiciste eso, hijo? —le preguntó su madre.
—Ez que... velaz mamá. Malaquenita dico que no tenía acoz.
—¿Acoz? —su padre no entendía la respuesta.
—Zí, acoz. Cebola y acoz —insistió Rodrigo.
—¡Ah!, ajos...
¿Ajos?, ahí va, pensó Pablo. Los ajos. Se había olvidado por completo de los ajos. Hasta ese momento se había sentido por completo libre de culpa, pero cuando su madre había traducido la palabra «acoz», cayó en la cuenta de que también él podría ser incriminado en aquel suceso delictivo si la investigación se llevaba a cabo en profundidad. ¡Qué poco duraba la alegría en casa del pobre! Por mucho que «Malaquenita» les quisiera, este parecía ser uno de esos casos que acababa con unos buenos «problemas técnicos» para todos.
—Zí. Y yo puze un poquinín...
—Pero eso que echaste sobre el pollo... eso son hierb...—a la vez que lo pronunciaba, su madre, que era la que mejor entendía a su hijo mediano, se echó a reír.
Y no fue capaz de parar.
—Pues yo sí que no entiendo nada —dijo Pablo, mientras miraba atónito a su madre, que con el rostro claramente congestionado, hacía soberanos esfuerzos para intentar detener su risa y dar una explicación.
—Hierba... ajos, ¿no lo entendéis? —les comentó.
Todos miraron en ese momento a Rodrigo, que intentaba justificarse.
—Mamá me dico un día lo que ela la hielba aco.
—¡Ah! ¡Ahora lo entiendo! —exclamó su padre—. Hierba ajo, hierbajo.
Hasta «Malaquenita» rompió a reír con estrépito cuando comprendió que Rodrigo sólo había querido ayudar. Fue entonces, en medio de las convulsiones provocadas por la risa, cuando el pollo se le cayó de la olla. Ocasión que pintaron calva para un renacido Lucas, que desapareció raudo con un par suculentas zancas en sus fauces.
Y todos rieron aún más, mientras Rodrigo aún se preguntaba qué había hecho mal.
—Nada, nada, cariño. Luego te lo explico —le dijo su madre a la vez que le acariciaba el pelo y volvía a reír con más ganas.
Bueno, esta vez se habían librado por los pelos de los «problemas técnicos», pensó Pablo, y le echó un vistazo de reojo a la casa abandonada. Justo en el momento en el que un intenso destello rojo brilló desde una de las ventanas. Pablo formó la palabra «gracias» con sus labios, sin emitir sonido alguno. Estaba seguro de que Uno, a pesar de la distancia, podría entenderle.
Esa tarde no hubo niños más felices que ellos. Ni en la Tierra, ni fuera de ella. Por la noche los tres hermanos se bañaron juntos por primera vez. En esta ocasión no escatimaron ni en chapoteos, ni en pompas de jabón, que flotaron con libertad incluso más allá del baño.
La mamá de Pablo tenía muchos motivos para estar contenta esa noche. Por una parte le habían dado la feliz noticia de que estaba en camino otro pequeñín para la familia, Lucas se había curado de su dolencia de forma milagrosa, y por si todo eso fuese poco, acababa de recibir la llamada de sus compañeros del laboratorio en la que le confirmaban que, fuese cual fuese el mal que aquejaba al Sol, había desaparecido como por arte de magia.
Y eso sí que era un verdadero motivo de celebración. Macarena pondría al día siguiente el grito en el cielo al ver el resultado de la batalla de agua y jabón. Pero sería lo mismo que decir que todo había vuelto de nuevo a la normalidad.
O casi.
Porque, una vez que los niños se despidieron de sus padres con las correspondientes buenas noches y besos de rigor, después de que los dos hermanos repasasen en la oscuridad de su habitación los aspectos más relevantes del día que acababa de terminar, y una vez que el dormilón de Rodrigo había comenzado a roncar como un bendito, Pablo sintió la imperiosa necesidad de levantar la persiana de su cuarto, algo que hizo de forma muy sigilosa.
Lo que vio le puso otra vez los pelos de punta.
Una luna casi llena se escondía entre nubes que pasaban raudas ante ella, pero a ratos, entre nube y nube, su mágica luz plateada iluminaba con claridad suficiente los alrededores. Pablo dirigió sus cansados ojos hacia la casa abandonada, y tuvo que frotárselos un par de veces para convencerse de que no estaba viendo visiones. Alguien, que no podía ser más que Uno, caminaba con despreocupación por la fachada de la casa para alcanzar el tejado, en donde se dedicó, mientras Pablo le observaba, a arrancar malas hierbas y a reparar y colocar tejas.
En un momento determinado, la figura detuvo su tarea, y como si se hubiese dado cuenta de que era observado, se dio la vuelta.
Pablo pudo ver con claridad cómo Uno le saludaba con la mano.
¿Qué se hacía en ese caso, con un robot tan testarudo como aquel?, pues exactamente lo que hizo Pablo, saludar.
Ya no podía más, estaba tan cansado... había terminado el día como cada uno de los días de sus anteriores diez veranos, sin fuerzas. Pablo se acostó en su cama. Uno aún tenía muchas cosas que aprender. Cosas que ellos tendrían que enseñarle. Quedaba el tema de la Zona Oscura y lo de aquel ser que había amenazado con visitarle. Pero esas preguntas, y sus correspondientes respuestas, bien podrían esperar al día siguiente.
Y entonces Pablo se durmió.
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