13 de
octubre
No había vuelto a Glastone Heights desde que
Eleonora falleció. Ayer regresé con la intención de darle un último adiós antes
de deshacerme de la casa, pues estaba decidido a vender el que había sido el
hogar de mis antepasados durante varias generaciones. Cuando Geoffrey detuvo el
carruaje a la entrada de la mansión, mi determinación se hizo más firme. Volver
a ver los jardines, ahora descuidados, por los que había paseado de la mano de
mi amada, reabrió la herida de mi corazón. Pero esa angustia tan solo duró el
tiempo que mis pies tardaron en llevarme hasta la escalinata. Durante el último
año, mientras me mantuve alejado de la casa, escondido de mi pasado, pensaba
que el dolor de los recuerdos sería insoportable pero, nada más introducir la
llave en la cerradura, sentí algo en mi interior que me hizo darme cuenta de mi
equivocación. Los signos de abandono en la casa eran evidentes a simple vista:
la piedra de la fachada comenzaba a cubrirse de líquenes y las enredaderas
crecían salvajes abrazando las columnas del porche pero, al empujar las hojas
de la puerta de la entrada, en vez de introducirse en la casa en frío aire de
octubre me envolvió una corriente cálida que me devolvió al pasado más feliz.
¿Es posible que el aire haya podido pronunciar mi nombre con la voz de
Eleonora? Ilusionado como no lo había estado desde hacía mucho tiempo, comencé
a recorrer una estancia tras otra acompañado solo por el eco de mis pisadas y
me detuve en el salón de baile. La luz atravesaba con dificultad los sucios
vidrios de las ventanas, y eso hacía que las cuentas de la lámpara que pendía
del alto techo luciesen desvaídas. La noble madera del artesonado aparecía
combada en algún punto debido a la humedad y el suelo había acumulado el polvo
de tanto tiempo sin cuidados, sin embargo el abandono había respetado el
magnífico cuadro desde el que Eleonora dominaba la estancia, sobre la chimenea.
Mi amada me miraba con los mismos ojos de enamorada que yo recordaba, y en ese
instante, al contemplar su hermoso rostro, me hinqué de rodillas y lloré
pidiéndole perdón por haberla abandonado. Hacía tiempo que había despedido al
personal, y la casa estaba vacía desde entonces, pero entre esas paredes
todavía era capaz de sentir a Eleonora. La calidez de su presencia volvía a la
vida en mis recuerdos, y al instante supe que eso era algo que no estaba
dispuesto a perder. No sé cómo describirlo, porque para intentarlo tan sólo
dispongo de palabras, y es imposible explicar una historia tan maravillosa como
la nuestra. Ninguna persona que no haya vivido algo parecido podrá jamás
entenderme. Leerá estas líneas y pensará que me comprende, que conoce lo que me
motiva a quedarme en la casa, pero estará tan lejos de saberlo como yo lo
estaba hasta ahora de mi amada.
20 de octubre
Llevo ya
una semana en la casa. He obligado a Geoffrey a alojarse en el pueblo porque no
podía dejar que me distrajese, que nos molestase. Mi fiel Geoffrey ha decidido
acompañarme en este viaje sin retorno, y todos los días se acerca en el
carruaje hasta la mansión al mediodía y me trae un almuerzo que apenas toco.
Después enciende los fuegos en las chimeneas para mantener calientes las
piedras de esta vieja casa e impedir que mi corazón acabe por congelarse del
todo. Solo Geoffrey se atreve a decirme lo que todos los demás piensan, y se
muestra preocupado por mi deterioro. No me queda más remedio que darle la
razón, no soy ni la sombra del hombre que una vez fui. Apenas puedo reconocer
mi reflejo en los espejos. La gente murmura, me dice Geoffrey. En la taberna los más supersticiosos comentan que no es
bueno lo que pasa en la casa. Dicen que pueden ver la luz de mi candelabro
pasando de ventana en ventana hasta altas horas de la madrugada. Pero no
me importa, cada vez estoy más seguro de lo que hago.
Eleonora y
yo formábamos parte de este lugar, y el calor de nuestro amor impregna todavía
todas aquellas cosas que compartíamos. Su piano, mudo desde que ella no lo
acaricia, la mecedora en la terraza, bajo las buganvillas, las frías sábanas de
nuestra alcoba. Antes pensaba que los recuerdos serían insoportables, pero
ahora me doy cuenta de que los necesito como el aire que respiro. Sin ellos
vivir no tiene sentido. Solo aquí puedo encontrar la paz que me arrebató el
cruel destino de la forma más horrible, pues siendo galeno, me vi obligado a
presenciar cómo la vida de mi amada se escapaba entre mis dedos sin poder hacer
nada para evitarlo. Fueron muchas las noches que pasé a la luz de las velas,
estudiando los síntomas de su enfermedad e intentando dar con una cura para su
mal, mientras por el día le hacía compañía y ambos nos marchitábamos poco a
poco.
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Ilustración de Sonia del Sol |
Recorro una
y otra vez las habitaciones como un fantasma, atento al más mínimo sonido, con
la esperanza de volver a escuchar el roce de la seda de sus vestidos, de atisbar
su pálida figura en un espejo. La noche siempre me sorprende asomado a la
ventana, con la vista fija en el blanco mármol del panteón, implorando la ayuda
del Cielo para que me ayude a reunirme de nuevo con mi amada.
25 de octubre
Ayer soñé
que Eleonora volvía a mi lado. Afuera llueve con fuerza y la triste luz del día
apenas ilumina las estancias de la mansión, pero las imágenes creadas por la
magia del sueño de anoche todavía están frescas en mi recuerdo. Necesito
ponerlo por escrito, preciso coger la pluma para describirlo todo antes de que
el tiempo lo evapore de mi memoria.
Esta noche
soñé que de nuevo caminábamos juntos bajo un increíble cielo azul de primavera,
acariciando las altas hierbas de los prados, junto al molino, y que después
mojábamos nuestros pies en la suave corriente del arroyo para refrescarnos. En
mi sueño comíamos con frugalidad a la orilla del lago y después nos bañábamos
en sus aguas frías. El tiempo parecía detenerse mientras me ocupaba de peinar
su pelo oscuro y olía el dulce aroma de su piel calentada por el sol. Soñé
también que al atardecer paseábamos por la huerta y comíamos fresas recién
cogidas, y que manchábamos nuestros labios de un rojo intenso al besarnos.
Cada
sonrisa de Eleonora llenaba mi corazón de alegría. Estaba completamente seguro
de que no podría haber hombre más feliz sobre la faz de la tierra. Luego, en mi
sueño, llegaba la noche y en nuestra alcoba el calor del deseo fundía nuestras
pieles en una sola. Nos robábamos el aire con la pasión de los amantes que no
se ven desde hace tiempo y nos buscábamos con avidez bajo las sábanas en una
hermosa danza que nos dejaba exhaustos. Después me quedaba absorto contemplando
el perfil de Eleonora mientras ella dormía y mi mano reposaba sobre su pecho,
mecida por el suave vaivén de su respiración. Pero luego mi sueño se tornó
pesadilla, y la carne de mi amada se volvía fría y su mirada se congelaba. Yo
intentaba despertarla, llamándola, besándola, rogándole que no me abandonase
otra vez, mientras lloraba como un niño. No quería creer lo que en el fondo ya
sabía, que aquello era el final. Después, personas sin rostro vestidas de negro
acariciaban mis manos ofreciéndome sus condolencias mientras la cancela del
mausoleo se cerraba, alejándome para siempre de mi amada. Por fin solo en el
pequeño cementerio, y bajo una lluvia intensa, lloraba mi desgracia mientras
los ángeles de mármol del panteón giraban sus rostros hacia mí en señal de
comprensión. La angustia y la desesperación anegaron entonces mi corazón y me
impidieron respirar, obligándome a despertar, a volver a la realidad, a la
cárcel de mi carne.
Nada
volverá a ser como antes, me digo mientras desde el ventanal de la mansión
contemplo, tras la permanente cortina de agua, el pequeño cementerio en el que
reposa el cuerpo de mi amada. Tierra sobre la carne. Carne que una vez sintió y
amó. Sentimientos que una vez fueron míos.
Muy a
menudo me pregunto si no sería mejor no haber amado nunca y vagar por el mundo
como los demás mortales, suspirando por un amor que jamás llegará y por el que
nunca tendrán que llorar su pérdida. Solo quiero estar con ella, ya sea en esta
vida o en la otra. El dolor por su ausencia me ahoga y se hace insoportable,
pero mi maldición consiste en ver salir el sol un día tras otro. Únicamente mis
convicciones religiosas me atan ya a este mundo.
10 de noviembre
Durante
varias noches el sueño se ha repetido de igual forma, y he decidido que estoy
dispuesto a soportar el sufrimiento final con tal de poder volver a ver a
Eleonora. Pero hoy me he despertado bañado en sudor y me ha costado distinguir
el sueño de la realidad. La noche está bien avanzada y aún queda tiempo para
que el sol despunte, pero he encendido la llama de una vela y he cogido papel y
pluma porque esta vez mi sueño ha tenido un final diferente. Además de volver a
revivir la maravillosa jornada con mi amada y de asistir impotente a su
fallecimiento, ahora además contemplo desde el ventanal de la mansión cómo la
pesada puerta de hierro del panteón se abre y la fantasmal figura de Eleonora
se acerca a la mansión, avanzando entre jirones de niebla que se deslizan con
pereza sobre la hierba húmeda. Ahora, en mi sueño, mi amada sale de su agujero
de tierra y camina hacia mí con pasos vacilantes. ¿Pueden el amor y el deseo
hacer que volvamos a estar juntos?
Un momento.
Silencio.
Detengo mi
mano mientras fuerzo a mis oídos para que distingan algo que hasta ahora se me
había pasado por alto. Hay otro ruido en la noche además del débil roce de la
pluma sobre el papel. Quizás sea tan solo sugestión pero, o mis embotados
sentidos por el sueño me engañan o me parece escuchar tímidos pasos desnudos
sobre la madera del pasillo que se acercan a mi habitación, cada vez más cerca.
Quizás el buen Dios haya oído por fin mis súplicas y permita que, al soñarla
con más intensidad, Eleonora vuelva junto a mí. A la débil luz de la vela
alcanzo a ver una figura que se va dibujando con mayor claridad mientras sale
lentamente de las sombras. Aguanto la respiración mientras se acerca. Ahora
puedo escuchar con nitidez el avance desacompasado de sus pies sobre la fría
piedra. No hay nadie más en la casa, estoy seguro de que sólo puede ser
Eleonora. Debería levantarme y correr a abrazarla, cubrirla de besos y decirle
que nada ni nadie podrá separarme nunca más de ella, pero algo me lo impide y
me mantiene clavado a la silla. Desde la puerta de la habitación llega un olor
que, por mi profesión, soy capaz de identificar mejor que nadie y me despierta
de mis ensoñaciones. Se trata del olor a carne corrupta que acompaña a todos
los seres vivos más allá de la muerte. Estoy a punto de perder el sentido
cuando alcanzo a ver el ser que antes había sido Eleonora.
Mi cabeza
se niega a aceptar lo que mis sentidos le muestran, que mi dulce amada haya
podido convertirse en aquella figura desgajada, animada únicamente por mi deseo
de reunirme de nuevo con ella. Eleonora, mientras tanto, se aproxima a mí
arrastrando sus pies y alzando sus descarnados brazos, intentando abrazarme. El
miedo me paraliza y me doy cuenta demasiado tarde de que no tengo salida. Esto
no puede ser real. Quiero despertar de esta pesadilla, pero no lo consigo. En
mi desesperación grito, con el alarido propio de un demente, aunque sé que es
inútil, porque en Glastone Heights nadie puede oírme salvo Eleonora.