Mostrando entradas con la etiqueta novela negra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela negra. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de diciembre de 2012

UN HOMBRE DE FAMILIA

Publicado en http://surcandoediciona.wordpress.com/2012/12/01/un-hombre-de-familia/

Con la colaboración en la corrección de mi amiga Mariola Díaz Cano



El viento de principios de otoño agitaba las ramas de los árboles y se llevaba sus hojas en remolinos que cruzaban la estrecha carretera. El cielo estaba cargado de nubes oscuras que prometían tormenta. Martín conducía despacio su viejo Mercedes. No porque no conociese el camino, sino para que le diese tiempo a pensar. En la radio sonaba una canción en cuyo estribillo una mujer repetía con insistencia «¿Quieres casarte conmigo? ¿Quieres casarte conmigo?» Martín apagó la radio y el sonido del viento se hizo más intenso. Los faros del coche iluminaban un pedregoso camino ascendente que se retorcía alrededor de la colina del Cuervo. Arriba, en la cima, estaba la casa de Laura, una de las casas de su familia.
Laura era la mujer de otro hombre porque lo decían unos papeles, pero en realidad no tenía dueño. Durante los tres últimos meses Laura había sido suya, sólo suya. Ahora todo eso tenía que acabar. Martín no tenía miedo de lo que pudiera pasarle. Si le hubiese importado un ápice su integridad física, jamás hubiese elegido ser investigador privado, la profesión de la que malvivía. Pero la vida casi siempre te atropella, y pocas veces puedes escoger aquello que quieres ser. Además, había sido su profesión la que le había hecho conocer a Laura, aunque de una forma que jamás se podría haber imaginado.
Martín recordó la primera vez que uno de los lacayos de don Victorio se había puesto en contacto con él. El código ético de Martín era muy estricto y tenía muy claro que no debía trabajar para personas como el «Don», como lo llamaban en los bajos fondos de la ciudad. Pero también tenía letras que pagar, así que aparcó sus reservas para una ocasión en la que pudiera permitírselo y aceptó una reunión en la casa de la playa de don Victorio.
El día de la reunión lo registraron antes de entrar en la casa. Después le hicieron pasar al salón, en donde le esperaba don Victorio, y cerraron las puertas correderas detrás de él. Martín podía ver las sombras de los esbirros moviéndose a través de los vidrios de las puertas, a una voz de distancia de su amo. El hombre le invitó a sentarse frente a él, en un sillón de cuero que debía de costar más que lo que Martín ganaba en un año, y le dijo sin rodeos lo que pretendía: tenía una mujer, Laura, y necesitaba que la siguiese porque sospechaba que lo engañaba.
—¿Por qué yo? —preguntó Martín un instante antes de que su cabeza le aconsejase no hacerlo.
En el silencio incómodo que siguió a su pregunta, uno de los hielos del vaso que sostenía chasqueó y se hundió en el whisky. Don Victorio lo miró a los ojos, se llevó el puro a la boca y chupó con fuerza, después exhaló el humo. Su voz salió entre la bruma.
—No me fío de mis hombres. Son unos carniceros y esta no es una labor para carniceros. Si he de salir en la página de sucesos, por lo menos que no sea por un asesinato en el que además me llamen cornudo. —El hombre volvió a chupar el puro—. En cuanto a los demás detectives... Esta ciudad está llena de mediocres. Si no fuese así, cómo iba a llegar yo hasta donde he llegado...
Quizás había sido un chiste, pero Martín pensó que podría ser más peligroso reírse que no hacerlo. Don Victorio continuó hablando:
—Conozco a toda la carroña que se hace llamar detective de aquí a Madrid. Borrachos, drogadictos, chulos de putas. En el mejor de los casos unos incompetentes. ¿Sabes que conocí a tu padre?
A Martín esa afirmación no le extrañó en absoluto. Su padre había sido capitán de la policía local, y como tal había tenido relación "profesional" con todos los maleantes de la ciudad. Durante un tiempo incluso se investigó la posibilidad de que hubiese sido don Victorio el que hubiese dado la orden de asesinarlo, pero sólo se había llegado a callejones sin salida. Otro crimen más sin resolver.
—Pues resulta que le debía varios favores. —El hombre aclaró el término cuando se dio cuenta de que Martín arrugaba el entrecejo—. No de esa clase. Tu padre era un hombre honrado, alguien que no estaba en venta. Puedes estar muy orgulloso de él, chaval.
Don Victorio se tomó un buen trago de whisky.
—Y sucede que yo, aunque la gente no lo crea, soy un hombre de palabra. Un hombre no tiene nada si no tiene palabra, ¿entiendes? Ahora que tu padre no está, estoy en deuda contigo, chico.
Martín seguía callado.
—Sé que eres un chico listo. Mi gente me lo ha dicho. Tan sólo necesitas un pequeño empujón y rodearte de las personas adecuadas. Arrímate a mí y no te faltará de nada.
Aquella noche, un chófer lo llevó a su casa. Durante el trayecto, Martín no dejó de pensar en su padre y en qué hubiese dicho del apretón de manos con el que había sellado el acuerdo con aquel hombre. Martín pidió que lo dejasen a un par de manzanas de su casa. No quería que sus vecinos le viesen llegar en un coche tan lujoso, un coche que todo el mundo sabía a quién pertenecía.
Martín llegó a casa y entregó a Alicia el sobre con el adelanto de un dinero con el que podrían hacer frente a los pagos atrasados de la hipoteca. La sonrisa de su mujer hizo que sus dudas se desvaneciesen por un instante.
—¿Ves?, te dije que las cosas no tardarían en cambiar ­­—dijo Alicia mientras le abrazaba.
Martín fue incapaz de decir nada. Lo que su mujer no sabía era lo proféticas que llegarían a ser esas palabras.
Cuando Martín vio a Laura por primera vez fue como si nunca antes hubiese visto una mujer. La conocía por las fotos en la prensa y en alguna revista, y sabía de ella, porque era su obligación, que era mucho más joven que su marido, pero las fotos no hacían justicia. La imagen de un leopardo decía mucho acerca de la belleza del animal, pero nunca sería lo mismo que verlo en movimiento. Laura era el leopardo, y era mucho más que una cara bonita y un cuerpo de escándalo.
No hizo falta mucho alarde para certificar lo que don Victorio sospechaba. A Laura le encantaba flirtear con machos con suficiente pedigrí. Un par de veces por semana salía con sus amigas de compras y luego se iban hasta el Casino a perder unos miles de pesetas. Un par de horas y dos Gin Tonics después, se despedían con efusividad y se citaban para una próxima ocasión. Entonces era cuando Laura conducía su deportivo hasta la casa de alguien o a algún hotel en que había quedado previamente.
Martín se preguntaba muy a menudo por qué le habían contratado para algo tan sencillo de demostrar. Pero los trabajos fáciles tienen de malo que hacen que bajes la guardia. No pasó mucho tiempo hasta que le sucedió lo que casi siempre le pasa al gato, que lo mata la curiosidad.
Una lluviosa tarde de verano, mientras aguardaba en el coche con la cámara de fotos preparada a que Laura saliese del Casino, se dio cuenta de que una figura borrosa cruzaba la calle y se acercaba corriendo hasta el coche. Martín se quedó paralizado mientras veía cómo la silueta desdibujada por el agua que resbalaba por los cristales rodeaba el coche y abría la puerta del acompañante. Antes de que entrase, Martín ya sabía quién era. Esta vez se había acercado demasiado.
—Eres otro de los esbirros de mi marido, ¿verdad? —dijo Laura mientras señalaba la cámara de fotos en el regazo.
La mujer estaba completamente empapada. La camisa blanca se pegaba a su cuerpo y unos pezones oscuros se dibujaban bajo la tela.
—¿Te gusta mirar? ¿Eres de los que disfruta espiando a la gente? —preguntó divertida.
Martín era incapaz de pronunciar una palabra. ¿Qué debía hacer? ¿Debía disculparse?, ¿disimular?, ¿negar la evidencia? Estaba hipnotizado por la seguridad y la sexualidad arrolladora de aquella mujer. Laura tomó la cámara. Martín pensó que quizás querría romperla o robarle el carrete, y eso era algo que no podía permitir. No era muy buena, pero en su día le había costado más de lo que se podía permitir y era su herramienta de trabajo. Cuando Martín comenzó a protestar, la mujer arrojó la cámara al asiento de atrás del coche y le puso un dedo en la boca para silenciarlo. Después le bajó la cremallera del pantalón. Afuera seguía lloviendo y, de vez en cuando, alguna silueta borrosa transitaba alrededor del coche. Fue la mejor mamada que le habían hecho nunca.
Esa fue la primera vez. Después hubo muchas más. A veces en hoteles, a veces en alguna de las casas de Laura, en ocasiones en sucios moteles de carretera.


Ilustración de Sonia del Sol

Martín se sentía incapaz de resistirse al influjo hipnótico de aquella mujer. Cada vez que regresaba cansado a su casa por la noche, y veía a Alicia y las niñas, se arrepentía de lo que había hecho por el día. Se sentía sucio. Mientras intentaba conciliar el sueño, se obligaba entre lágrimas a repetir una y otra vez que no caería de nuevo en la tentación, que ni Alicia ni las niñas se merecían vivir aquella mentira. Pero al día siguiente aguardaba la llamada de Laura con impaciencia y acudía a la nueva cita ardiendo de deseo.
Después de tres meses, Martín se dio cuenta de que aquello no podía continuar. Estaban en juego muchas cosas. Durante todo ese tiempo, los informes que le había pasado don Victorio habían sido muy vagos. En ocasiones hasta a él mismo le había costado que las mentiras saliesen de su boca. Y don Victorio no era una persona a la que se pudiese engañar durante mucho tiempo. Pero sobre todo no podía seguir así por Alicia. Quería a su mujer. O más bien quería lo que tenía con su mujer. Laura no era de verdad. Había estado muy bien, pero más temprano que tarde se acabaría. Laura se encapricharía de otro y él se vería obligado a despertar de golpe. Estaba cansado de ver matrimonios rotos en pedazos por culpa de una tercera persona. Era parte de su trabajo. Después, todo el mundo se arrepentía, pero ya era demasiado tarde, nada volvía a ser lo mismo. Y los niños, siempre los niños, eran los que más sufrían. Martín no tenía ganas de convertirse en uno de sus trabajos, en otro asunto más en una de las carpetas de su archivador.
Cuando Laura le llamó para citarle en la casa de la colina del Cuervo, Martín se dijo que no habría mejor momento que ese para decirle que todo se había acabado. No era algo que se pudiese decir por teléfono, no después de lo que habían compartido. Pero su decisión era firme.
Martín detuvo el coche en la parte de atrás de la casa. No había un ser vivo en varios kilómetros a la redonda ni la posibilidad de que nadie pasase por allí, pero sentía que no debía tentar a la suerte dejando el coche a la vista. No se sentía cómodo. Salió del coche sujetando el sombrero con una mano y bajando la cabeza para enfrentarse al viento que, como en una premonición, le empujaba para que no se acercase a la casa. La puerta del garaje estaba abierta, tal y como le había dicho Laura, y la casona estaba en penumbra, iluminada sólo por unas velas que le mostraban el camino. A Laura le gustaba jugar, y a él no le había importado ser el juguete. Durante un segundo pasó por su cabeza la idea de continuar con la aventura sólo una vez más, pero pensó en Alicia y en las niñas y se obligó a sí mismo a ser fuerte. Confiaba en mantener esa fortaleza cuando volviese a ver a Laura.
Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas porque la casa no estaría habitable hasta el invierno. Martín ascendió las escaleras lentamente. Sus dedos acariciaban el pasamanos y dejaban una huella en el polvo que lo cubría. Las velas lo guiaron hasta una de las estancias del piso superior. Martín entró en la habitación. No había rastro de Laura. La cama estaba hecha con sábanas limpias y sobre el dosel había varias docenas de velas que le daban un aspecto de altar. La puerta entreabierta del baño dejaba escapar más luz temblorosa. Laura seguramente estaría dándose un baño. Martín arrojó el sombrero sobre la cama y aflojó el nudo de la corbata. En ese momento ya no estaba tan seguro y su decisión no era tan firme. Temía volver a caer en la tentación si veía de nuevo a Laura.
El baño estaba vacío. La bañera rebosaba de agua que olía a aceite de rosas. Martín comprobó la temperatura con un par de dedos. Estaba fría. Desconcertado, volvió a la habitación. Cuando estaba a punto de llamar a Laura a voces para que dejara de jugar a escondite, reparó en la puerta que conducía a la galería. A Laura le gustaba sentarse a leer con el mar Cantábrico de fondo, y en más de una ocasión habían hecho el amor acompañados por el rugido de las olas. Martín salió a la galería y lo que vio le dejó sin habla.
En algún sitio detrás de las nubes un sol que hacía días que no se dejaba ver se estaba poniendo, pero la mortecina luz era suficiente para iluminar el corredor. Laura estaba sentada en un sillón de mimbre, completamente desnuda. En su pecho se dibujaban varios círculos rojos y la sangre resbalaba en finos hilos por la piel blanca hasta su sexo. Sus ojos estaban abiertos con el asombro de alguien que no puede creer que su vida pudiese acabar de esa forma, o a manos de semejante verdugo. Martín estaba acostumbrado a encontrarse con escenas como esa, pero nunca antes se había dado el caso de que se hubiese follado a la difunta. Varias arcadas empujaron los restos de su digestión hasta la garganta y tuvo que girar la vista para tranquilizarse.
Don Victorio. Tenía que haber sido él. Martín reconoció que esta vez había jugado con un fuego demasiado peligroso. Y ahora estaba a punto de quemarse. Una vez que su respiración volvió a la cadencia habitual, se dio cuenta de que sobre una mesita había varias fotos desordenadas. En ellas aparecían Laura y él en alguna de las escasas ocasiones en las que se habían dejado ver juntos en público. Don Victorio los había hecho seguir. Y eso había sido el fin. No tenía escapatoria. Aunque nunca se había podido demostrar nada, todo el mundo sabía que don Victorio era una persona muy afortunada. Todos aquellos que suponían un problema para sus planes fallecían. Siempre. Y nunca por causas naturales, sino todo lo contrario. Sus víctimas siempre encontraban formas horribles de dejar este mundo. A las personas como el «Don» les interesaba dar la mayor publicidad posible a esos "accidentes", para que al resto de los mortales se les quitasen las ganas de hacerse los héroes. Martín no tenía duda alguna acerca de la autoría del asesinato de Laura, y no era tan inocente como para pensar que todo se había acabado ahí. Ahora le tocaría a él. No podía ni imaginar lo que don Victorio sería capaz de hacerle después de haber traicionado su confianza de esa forma.
La luz de los faros de un coche cortó la oscuridad de la noche. Todavía estaba bastante lejos, pero no había duda alguna de que alguien se acercaba a la casa. Un sudor frío comenzó a mojar la camisa de Martín. Quizás fueran los asesinos, que volvían para rematar la faena. Quienquiera que fuese no debía encontrarle junto al cadáver.
—Hola, cariño.
La voz que sonó a sus espaldas era tan familiar como imposible de encajar en la escena. Martín se dio la vuelta. Le habían pillado con la guardia baja, y eso era algo que en su profesión no se podía permitir. Tan ocupado había estado primero en pensar si se follaría o no a Laura, y después en cómo salvar su pellejo, que no había hecho caso de su manual de supervivencia. Tendría que haber registrado el resto de la casa. Alicia había aparecido entre las sombras, probablemente desde otra de las habitaciones que daban al corredor. Su esposa estaba de pie, justo detrás del sillón de mimbre en el que Laura descansaba su sueño eterno.
—No entiendo nada, Alicia. ¿Qué haces tú aquí? —Martín dio un paso hacia las dos mujeres.
El haz de luces del coche que se acercaba barrió de nuevo la fachada de la casa. Cuando la oscuridad los envolvió de nuevo, Alicia levantó la mano y un trueno brillante cortó la noche. Martín cayó al suelo con las manos en la rodilla. El dolor era tan intenso que le impedía pensar con claridad.
—Era yo la que me negaba a creer que esto pudiese estar pasando. Era yo la que confiaba en que todo se acabase y que algún día regresaras a mí para siempre. Era yo la que tenía la esperanza de que hoy no acudieses a esta cita.
La voz era la de Alicia, pero no era ella la que hablaba. La dulce Alicia se había ido, quizás para siempre. La voz de su mujer estaba cargada de resentimiento y venganza. Martín no podía ver la cara de su Alicia desde el suelo, pero estaba seguro de que lágrimas de rabia acompañaban sus palabras.
—Lici, por favor, te lo suplico. Puedo explicártelo todo. Todavía podemos empezar de nuevo. Hazlo por Beth y por Isa. No merecen que todo acabe así, con su padre muerto y su madre en la cárcel para siempre.
—Nada tiene por qué acabar como tú dices...
—Viene un coche. Todavía podemos salvarnos. Don Victorio tiene muchos enemigos, pudo haber sido cualquiera de ellos...
—Sé que viene un coche.
Alicia se movió con rapidez. El dolor nublaba la vista de Martín, pero aún así alcanzó a ver a su mujer mientras dejaba la pistola con la que le había disparado en la rodilla en la mano inerte de Laura. Después se acercó hasta él y le arrojó su revólver, el que guardaba en la caja fuerte para cuando los asuntos del trabajo se ponían feos.
—No te molestes en intentar usarlo, cielo. Si hubieses quitado tus ojos de sus tetas y hubieses podido contar los agujeros, te habrías dado cuenta de que no quedan balas en el tambor.
Martín pudo oler el perfume de Alicia cuando se acercó. Su mujer vestía de negro riguroso. Su pelo oscuro estaba recogido en una cola de caballo y sus manos estaban cubiertas con guantes de cuero. ¿Cuánto tiempo llevaba planeando su venganza? ¿Cuánto tiempo llevaban compartiendo cama, él pensando en Laura y ella en cómo deshacerse de ambos?
—Has llamado a la policía. Estás loca...
—¿A la policía? El que estás loco eres tú si piensas que soy tan tonta. Tienes demasiados amigos allí. Podrías tener alguna oportunidad. —Alicia se acuclilló ante él—. No, verás, es mucho más sencillo. De alguna forma tú querías dejarlo y ella no, o al revés, poco importa eso ahora. O quizás intentaste chantajearla —dijo mientras señalaba las fotos—. Lo único cierto es el resultado final. Te la cargaste, pero antes ella te hirió a ti. Y no, no fui yo quien llamó, aunque es cierto que tuve que forzar un poco la situación porque la muy zorra se negaba a llamar a sus guardaespaldas para que viniesen a buscarla. ¿La excusa? Algo tan sencillo como que su coche no arrancaba.
Alicia se levantó.
—¿Qué pasará cuando esos asesinos te encuentren? —continuó—. Échale imaginación. No sé quién podrá creer tu historia, acusando a una pobre madre que pasa el fin de semana con sus dos hijas de ser una asesina fría y calculadora, pero siempre podrás intentarlo.
Alicia se volvió y se confundió con las sombras.
—Ahora me voy. Imagino que lo entenderás. No es bueno para los intereses de lo que queda de mi familia que me encuentren aquí, divagando contigo. Saldré por una de las ventanas de atrás de la planta baja. La lancha del tío Rafael está abajo, en el embarcadero, y ya sabes que soy buena navegando, me viene de familia. ¿Por qué te cuento todo esto? Pues porque no te servirá de nada saberlo y hará que te des cuenta de todo lo que te has perdido...
—¡Lici!
Su voz resonó en la estancia, pero la única persona que podía haberle oído estaba muerta. Alicia se había ido. Martín intentó arrastrarse hasta las fotografías, pero el dolor atroz hizo que casi perdiese el conocimiento. Unos pasos pesados comenzaron a sonar en la escalera que conducía al piso superior.

domingo, 1 de abril de 2012

CENIZAS


Con la colaboración en la corrección de mi amiga Mariola Díaz Cano

Isaiah Lee Johnson Jr. releyó la carta mientras apreciaba el tacto del papel con sus dedos índice y pulgar. Parecía caro. Cuando terminó, pensó que no encajaban las perfectas letras de ordenador con aquella ostentosa firma de trazo grueso. Quedaba mal. Como poner sirope de arce en el estofado de carne. Se estaban perdiendo las buenas costumbres. Las noticias importantes deberían de darse en cartas manuscritas. Sin dejar de mirar el limpio cielo de Louisiana, volvió a introducir la carta en el sobre y la dejó sobre la desvencijada mesita, junto a sus lentes. Después comenzó a balancearse con suavidad en la mecedora mientras jugaba con la punta de sus dedos a revolver el pelo de Barnie, el viejo labrador que dormitaba a sus pies.
En esa época del año siempre hacía demasiado calor, y la única parte de la casa en la que se soportaba era el porche. En la casa de los vecinos, construida demasiado cerca de la suya en un tiempo en el que las dos familias habían sido casi una, tres chicos se perseguían sin dejar de reír mientras sus padres les observaban sentados a la sombra.
Isaiah a veces lamentaba que su vista de lejos fuese tan buena. Cada muestra de alegría en aquella casa era una sonora bofetada en la cara que le recordaba cómo podría haber sido su vida. Cientos de hectáreas de terreno alrededor y las dos únicas casas habitadas estaban separadas sólo por cincuenta metros y un millar de discusiones y amenazas. Otro movimiento le llamó la atención. Unas pequeñas manchas negras cayeron del cielo y se escondieron en el maizal. Los cuervos habían vuelto a por más comida. El espantapájaros ya no asustaba a nadie. Antes de leer la carta, Isaiah habría ido a por su escopeta para dar un escarmiento a esas pequeñas ratas con alas, pero ahora ya no importaba. Isaiah se levantó de la mecedora, encendió un fósforo y quemó la carta en el cenicero. Después esperó a que se levantase una pequeña brisa y dejó que las cenizas volasen hasta el maizal.
 Llevaba tanto tiempo ejerciendo de sheriff que a Maurice Jefferson Perkins todo el mundo lo llamaba Jefe Mau. De hecho, muchos pensaban que su primer nombre era Jefe, y hasta su mujer y sus dos hijos lo llamaban así. El Jefe Maurice nunca se daba prisa para nada. No era bueno, decía. Las prisas sólo llevaban a errores, y eso en una investigación criminal podría ser fatal, aseguraba todos los años ante los impresionables niños de tercer curso de la escuela pública de Serenity Town, cuando le tocaba dar la charla sobre conducta ciudadana. Lo que no contaba, y todo el mundo sabía, es que el caso más difícil en sus treinta y siete años de carrera había sido el de los miembros amputados de las estatuas del cementerio de Peace Hill, que había resuelto tras acechar una noche de luna llena a Tommy, el mayor de los hijos retrasados de Guy, el sepulturero.
Cuando el Jefe Mau llegó a la granja, el sol estaba saliendo por el horizonte. Parecía que cabalgase un cometa por la estela de polvo del camino que dejaba atrás su destartalado Pontiac. Sus ayudantes lo vieron llegar mientras tomaban café de los termos y los bomberos recogían las mangueras. Allí ya nadie podía hacer nada por Isaiah, salvo asegurar el perímetro hasta la llegada del juez. El Jefe Mau dejó que la nube de polvo se asentase, después bajó del coche, se caló el sombrero y se dirigió al lugar en el que le esperaban sus ayudantes. Aquellos que estaban apoyados en los capós de los coches patrulla se pusieron en pie por instinto. El Jefe Mau impresionaba.
—Y bien, ¿qué es lo que tenemos aquí, muchachos? —En el departamento todos conocían su tono de falsa cordialidad. No consentía que nadie le tutease.
La pregunta era retórica, lo que había pasado estaba claro. La casa de aquel chiflado de Isaiah había ardido hasta los cimientos. Algo normal si se tenía en cuenta que todas las construcciones de la zona eran de madera y que muchas de ellas tenían más de cien años. Además, el Jefe Mau conocía el asunto de primera mano. Una de las vecinas, la señora McCullogh, que padecía insomnio, había llamado a la comisaría al ver cómo una columna de humo escondía las estrellas en el horizonte. Había sido el sargento de guardia el que había informado al Jefe del incidente, pero éste había decidido que todo aquello que sucediese a las cuatro de la mañana era de carácter menor y no precisaba de su presencia inmediata.
Fue Donovan Polsky, el más-vale-lo-malo-conocido-que-lo-bueno-por-conocer de sus ayudantes, el que contestó.
—Buenos días, Jefe. La cosa se ha complicado un poco. Los bomberos han encontrado lo que queda del cuerpo de Isaiah entre los escombros, pero parece que no ha sido fortuito. Jim ha encontrado una lata de queroseno y nosotros esto otro aquí afuera.
Donovan extendió la mano y le entregó una bolsita de evidencias sellada con un objeto plateado dentro. El Jefe levantó la bolsa y la giró para ver mejor el interior. Era un Zippo, y llevaba un escudo y unas iniciales grabadas. El adorno con el que habían grabado las letras las hacía difíciles de leer, pero a la creciente luz de la mañana casi podía asegurar que se trataba de una R y una L. El Jefe dio la espalda a los suyos y se acercó hasta la cinta de plástico que rodeaba lo que quedaba de la casa, poniendo especial cuidado en no mancharse las botas de piel de cocodrilo con el barro negro que se había formado al mezclarse las cenizas con el agua. Jim estaba metido en la porquería hasta las rodillas, revolviendo cosas mientras realizaba a conciencia su trabajo como investigador del cuerpo de bomberos. Era un viejo borracho, pero también un gran profesional. Si Jim decía que el incendio había sido provocado, entonces no había duda alguna al respecto. El Jefe volvió con los suyos. Un enorme labrador se movía nervioso entre la gente, como queriendo contar su historia.
—Alguien tendrá que hacerse cargo del perro —dijo a sus ayudantes—. Quiero que investiguéis este grabado y las iniciales. El que le haya hecho esto al pobre Isaiah lo pagará caro. Nadie asesina a un miembro de nuestra comunidad y se va de rositas.
Dos días después, el Jefe Mau releía el informe sentado frente al ventilador de su despacho, con sus caras botas de cocodrilo apoyadas en la mesa. Sus chicos habían hecho un buen trabajo. Tenía un buen equipo, pero los muchachos no serían nada sin el mejor entrenador, pensó mientras se imaginaba otra gloriosa portada en el periódico local.
La investigación había dado un giro sorprendente, aunque no inesperado. Resultó que el dibujo del mechero era el emblema de la 4ª División de Infantería Mecanizada, con lo que eso eliminaba prácticamente a toda la población blanca del condado. Ningún blanco se alistaría en el ejército de los Estados Unidos para ganar las guerras de aquellos estirados del norte. Pero además daba la casualidad de que ese grabado también señalaba en una dirección: hacia el héroe local, Randall Louis Taylor. Randall había ingresado en el ejército después de terminar sus estudios universitarios. Blanco y en botella. O quizás debería decir negro y en botella, sonrió el Jefe ante su ocurrencia, al recordar el color de la piel de Randall. El sospechoso era uno de los vecinos de Isaiah, y daba la casualidad de que ambos mantenían continuos y violentos litigios por los límites de sus tierras. En más de una ocasión sus ayudantes se habían visto obligados a intervenir con dureza para enfriar los ánimos de aquellos dos gallos de corral, cuando Emmy Lou, la esposa de Randall, les había llamado entre sollozos al pensar que la discusión podría ir más allá de las palabras. Y ese era motivo más que suficiente para que el juez Wallace autorizase una orden de registro de la granja de los Taylor.
El mismo Jefe en persona condujo uno de los coches patrulla hasta la granja de Randall. Lo hizo por la noche, cuando todos estaban acostados, y no encendió las luces hasta que sus chicos tuvieron rodeada la casa. A los suyos les dijo que el factor sorpresa era importante, pero lo que en realidad buscaba era causar el mayor terror posible en aquel hombre que nunca debería haber echado raíces en su pueblo.
Los muchachos entraron como un huracán en la casa, atropellando a un somnoliento Randall, y lo pusieron todo patas arriba, sin contemplaciones. Las cosas podían hacerse por las buenas o por las malas pero, teniendo en cuenta que por allí a nadie le caían especialmente bien los negros, los chicos no estaban siendo precisamente muy amables con su forma de proceder. Emmy Lou lloraba mientras abrazaba a sus tres hijos, porque no entendía nada de lo que estaba pasando. Randall, sin embargo, mostraba el gesto altanero de quien estaba acostumbrado a sufrir humillaciones como aquella, pero que a la vez confiaba en que su verdad prevaleciese. Durante un instante el Jefe sintió un poco de lástima por Emmy Lou y los niños, pero rápidamente se convenció de que la mujer se lo tenía merecido por haber elegido a un negro como marido.
Donovan entró por la puerta dando gritos.
—¡Lo tenemos, Jefe! —En su mano llevaba una lata de queroseno igual que aquella que habían encontrado entre los restos de la casa de Isaiah—. El almacén esta lleno de latas como ésta. Este negro hijo de puta pensaba quemar todo el pueblo.
—¡Cállate, Donovan, y precinta eso como prueba! —El Jefe Maurice lo fulminó con la mirada. Que Randall no era la persona más querida en el pueblo lo sabían todos, pero de ahí a manifestarlo públicamente había un abismo. Y más si uno era representante de la Ley.
—Randall, tienes que acompañarme. Tengo que llevarte a comisaría —le espetó el Jefe sin miramientos.
—¿De qué se me acusa, si puedo saberlo? Esas latas las compré en el Allstore de Brooklyn cuando las pusieron en oferta, allá por el mes de abril. Siempre lo hago así, es la mejor forma de ahorrar para el invierno. —Había nervios en su voz, el Jefe podía oler la sangre, como los tiburones. Nada le fastidiaba más que el tono de superioridad, del tipo yo-soy-el-único-que-tiene-estudios-aquí, que habitualmente adoptaba Randall a la hora de expresarse. Pero ahora aquel cabrón ya no parecía tan seguro.
—No pasa nada, Randall —mintió el Jefe, que sabía que con lo que tenían y los antecedentes de sus disputas, había más que suficiente para empezar—, tan sólo estamos haciendo unas comprobaciones y para ello necesitamos tomarte declaración.
Cuando se lo llevaron, Emmy Lou se quedó en el porche, llorando con sus hijos. En su interior sabía que las cosas no iban bien. Desde que se había casado con Randall la vida de su familia había sido un infierno al tener que enfrentarse siempre con la hostilidad más o menos velada de todos los habitantes del pueblo. Pero ahora esto era distinto. Parecía un asunto mucho más serio.
El Jefe ordenó poner las luces de los coches patrulla. Adoraba las entradas grandiosas en el pueblo. Él ya había juzgado a Randall y ahora se trataba de que los demás lo viesen desde su mismo punto de vista. Las pruebas hablaban por sí solas. Aquel hombre que llevaban en la parte trasera del coche con cara de incredulidad era tan culpable como Judas. Al Jefe tan sólo le quedaba una duda acerca de lo ocurrido: ¿por qué Randall no había huido después de lo que había hecho? ¿Acaso esperaba salirse con la suya? Quizás aquel hombre que aguantaba su mirada reflejada en el retrovisor del coche no era tan listo después de todo. Cuando el séquito llegó a la comisaría, el abogado de Randall Louis les estaba esperando.
Dos meses después, y tras un polémico juicio en el que una organización humanitaria llegó a acusar al sistema judicial de racista, Randall Louis fue condenado a muerte por un jurado popular. Fueron inútiles los alegatos finales de su abogado, en los que intentó poner de manifiesto el carácter pacífico de su defendido, o la medalla al valor que Randall había ganado en Irak; para aquellos hombres fueron suficientes las pruebas recogidas en la escena del crimen y los testimonios de casi todos los habitantes del pueblo, que hablaban de la enconada enemistad entre las dos familias. Alguno de los testigos, al ser interrogado, incluso llegó a decir que no le extrañaba que todo hubiese acabado así. En la sala, el Jefe Maurice sonrió al escuchar el veredicto. Su intuición le había guiado hasta el culpable, y de nuevo se había hecho justicia. Caso cerrado. El Jefe se caló el sombrero y se encaminó con decisión hacia el exterior del Palacio de Justicia. Los tacones de sus botas de piel de cocodrilo repicaban en el pasillo desierto.
Cuando la justicia de los hombres fallaba, tan sólo quedaba por apelar a la divina. Y ese era el único recurso que le quedaba ahora a Emmy Lou. Pero lo que ella no sabía, y la atormentaría mucho más allá del día en el que el Estado de Louisiana ejecutase a su marido, es que para los hombres era muy difícil impartir justicia cuando el único culpable del crimen estaba muerto.
La noche en la que el fuego había arrasado la hacienda de los Johnson, Isaiah se repitió la misma pregunta que se había hecho todas las noches durante tantos años: ¿a quién odias más en este mundo? Y la respuesta, que él ya conocía, acabó por convencerlo. Él era un hombre de Dios: acudía a misa los domingos, daba limosna y hacía penitencia, ¿y dónde había estado Dios durante toda su vida?
El plan que había madurado en silencio durante meses sin duda llevaría la desgracia a la granja de sus vecinos, y nada le satisfacía más que acabar con aquel hombre que se lo había robado todo. Aunque para ello tuviese que sufrir también Emmy Lou. Eso era lo único que a veces le hacía reconsiderar su decisión. Emmy Lou, la hermosa Emmy Lou.
Isaiah se secó una lágrima con el dorso de la mano mientras a su mente acudían recuerdos de la infancia. Emmy Lou y él habían crecido juntos, habían ido a pescar al lago miles de veces y se habían bañado en las cascadas del río en la primavera, cuando el caudal de agua era mayor. Los dos, y sus familias lo habían aceptado de buen grado porque así se hacían las cosas en aquellas tierras, se habían prometido en cien ocasiones durante la adolescencia. ¿Cuántas veces había agradecido al Dios que luego le dio la espalda el que le hubiese dado la vida en el mismo lugar y casi al mismo tiempo que aquella mujer tan hermosa? Pero luego había llegado Randall, y aquel medio hombre la había engañado con sus palabras de universitario y sus modales de chico de ciudad. La había enamorado. Se había llevado a su Emmy Lou. Isaiah siempre terminaba pensando que ahora ella también tendría el final que se merecía por casarse con aquel negro, y eso descargaba su conciencia. A veces no sabía qué le dolía más: que Emmy Lou le hubiese roto el corazón, o que lo hubiese humillado de aquella forma delante de todos. La sangre le hervía, como en cada ocasión en la que pensaba cómo podría haber sido su vida si Randall no hubiese llegado jamás al pueblo.
Aquella noche, Isaiah Lee Johnson Jr. se levantó del sillón, echó a Barnie de casa y cerró la puerta. Después roció metódicamente la planta baja de la casa con el combustible de la lata de queroseno que había robado a sus vecinos, y encendió el Zippo que había encontrado un día tirado entre las hierbas, después de pelearse otra vez con Randall por los lindes de sus tierras. Mientras la vieja madera comenzaba a crepitar a su alrededor y el fuego devoraba los recuerdos de varias generaciones, arrojó el encendedor por la ventana, al lugar en el que estaba seguro de que lo encontrarían, y subió al piso de arriba, a su dormitorio. Allí se tomo un par de somníferos, como cada noche desde hacía años, y se acostó a esperar lo inevitable mientras un reconfortante sopor invadía su cuerpo. Nadie más que él, y su Dios ausente, podrían llegar a conocer los verdaderos motivos que le habían impulsado a hacer lo que había hecho, porque la tierra que esa mañana había recibido las cenizas de la carta no hablaría con nadie jamás de la última pieza que quedaba por encajar de su terrible plan.
El maizal nunca le diría a nadie que Isaiah era un hombre muerto, que aquel papel tan caro era la confirmación de algo que él, en su interior, ya sospechaba. Un tiempo antes de que aquel doctor le enviase por escrito su diagnóstico, Isaiah ya sabía que algo iba mal con su cuerpo. Enfermedad genética, decía la carta. El mal de la familia, lo llamaba él. Su padre, y antes que él su abuelo, habían muerto de la misma cruel forma. Pero esta vez Isaiah no consentiría que la ciencia experimentase con su cuerpo tal y como lo había hecho con el de su padre, cuya agonía recordaba con pavor. ¿Con qué derecho podía juzgarle ahora Dios por todo lo que estaba a punto de suceder? Mientras el humo invadía sus pulmones decidió que no le importaba. Ese día era tan bueno como cualquier otro para morir.